"Hubo un tiempo en que el pensamiento era divino, luego se hizo hombre, y ahora se ha hecho plebe. Un siglo más de lectores y el Espíritu se pudrirá, apestará"

Friedrich Nietzsche

viernes, 8 de junio de 2012

LAS LENTES DEFORMANTES DE LA UTOPÍA


[Seguimos con los textos de Gozzoli en los cuales afronta un punto crucial: el carácter dañino, utópico y de negación de la realidad que tiene la cultura hoy dominante] 


A todas las motivadas razones para sentir aprensión por el futuro del hombre que hasta ahora hemos rápidamente examinado, hay que añadir otra, quizás la más seria de todas: la inadecuación interiordel hombre de hoy para afrontar las realidades que lo amenazan, su ceguera intelectual.

Puntualicemos enseguida para evitar cualquier ambigüedad.

Hablando del hombre de hoy, no queremos referirnos a todos los hombres actuales: hay en todo caso muchos –individuos desperdigados o enteras sociedades- que conservan íntegramente la capacidad de conexión intuitiva y cognoscitiva con las verdades esenciales de lo real, dentro y fuera del hombre. Nos referimos, como se verá claramente en las próximas líneas, a las masas y a las clases dirigentes actuales –políticas, culturales y técnicas-  de aquella parte de la humanidad que está preparando el destino de toda la humanidad: en otras palabras, las así llamadas sociedades “avanzadas”.

Y hablando de inadecuación, no nos referimos aquí a la divergencia entre la realidad social –como el hombre la ha creada- y la naturaleza humana –como ha sido modelada en el crisol filogenético-: de este problema, que también pesa y exige una solución, nos ocuparemos más adelante.

Nos referimos al tipo de cultura del que se nutren y del que están embebidos los hombres que viven en el mundo del bienestar y la potencia tecnológica.

Ya Monod hizo una advertencia a este mundo y dio en el blanco. [Nota: la referencia es al conocido libro del biólogo Jacques Monod “El Azar y la necesidad”]

Y sin embargo, aun concordando con Monod en la localización interior y cultural del mal oscuro de las sociedades “avanzadas” , discrepamos de Monod  -y de otros después de él, aun cuando hayan sabido captar lúcidamente los signos del mal- en la etiología del mal mismo, esto es la causa primera.

La causa primera, el germen infectante, no hay que buscarlo en las raíces religiosas –que Monod y otros han llamado judeocristianas- de la cultura actual: en el fondo bastará reflexionar que sobre tales raíces se fundaba un entero mundo que poseía límpido y pleno el sentido de lo real en cuanto a la relación entre el hombre y el ambiente, el hombre y la historia, el hombre y el cosmos. Y ese mundo -durante por lo menos quince siglos- no conoció ningún mal oscuro.

Esta cultura actual, que la ciencia ve y declara “enferma” tiene en verdad raíces suyas propias, que no tienen nada que ver con la tradición religiosa europea: la cual, si ciertamente absorbió algo del espíritu hebraico a través de la herencia bíblica, es sustancialmente una tradición latina, germánica y eslava. ¿Y cómo habría podido tan fácilmente encarnarse en la realidad histórica del hombre europeo durante casi dos mil años, si no hubiese realmente interpretado su naturaleza, los anhelos, las inclinaciones?

La enfermedad profunda de esta cultura está en un vicio original, una connotación única y del todo nueva en la historia: la contradicción de fondo que consiste en la pretensión de fundarse totalmente sobre la ciencia, y la incapacidad de liberarse de los valores utópicos que la permean.

Se trata de una cultura que nació con la revolución científica, pero siguió el camino de la ciencia solo en sus primeros, inciertos pasos y se quedó allí para siempre; una cultura que confundió la ciencia con una nueva religión, que tomó por nuevos milagros los primeros apasionantes descubrimientos, y con supersticioso fervor se lanzó a interpretar las primeras hipótesis científicas como las Promesas de una Nueva Alianza.

Desde la época de la Paleociencia –la de los primeros pasos, nobilísimos pero aún inciertos- el Conocimiento ha recorrido un larguísimo camino: esta cultura en cambio está aún en la línea de salida […] [con su] incapacidad de mantener el paso fatigoso del procedimiento objetivo, su falta de valor para enfrentar el ojo despiadado de la Verdad, su pereza y presunción intelectuales desmesuradas, su mediocre conformismo respecto a pocas nociones mal aprendidas y mal digeridas.

Provincialismo cultural, en el fondo. Porque no ser capaz de interpretar Darwin y Freud –sólo como ejemplos- a la luz de las insuficiencias cognoscitivas de su tiempo, y no saber hoy reinterpretar su genio a la luz de las conquistas actuales, no puede ser más que provincialismo cultural.

Y es este provincialismo cultural que dio a luz los falsos mitos y los pseudovalores de que se nutre la gran Utopía que es la enfermedad del mundo moderno: el finalismo, la omnipotencia de la razón, el igualitarismo, la bondad natural del hombre, el progresismo, el determinismo.

Hablamos de falsos mitos, de pseudovalores: porque no se apoyan en ninguna realidad objetiva ni en ninguna ventaja adaptativa, sino que son solamente abstracciones intelectualistas que coartan al hombre en su verdadera naturaleza, que lo llevan contra la realidad de las cosas, con la consecuencia de que cada día sufre un castigo.

El conocimiento científico hace tiempo ha condenado estos falsos mitos y estos pseudovalores.

La ciencia en efecto no nos muestra, en el conjunto de la realidad, ningún fin, sino que al contrario demuestra la contingencia de los eventos y de nuestro mismo origen; no afirma ninguna omnipotencia de la razón humana, sino que fija sus límites y condicionamientos; la ciencia no encuentra igualdad, sino desigualdades entre individuos y grupos; no descubre ninguna bondad natural en el hombre, sino agresividad sólo templada por el solidarismo al interno del grupo; la ciencia no halla ningún progreso biológico en el ámbito de una especie individual, sino que afirma la invariancia como la misma esencia de la lógica de lo viviente; no reconoce ningún rígido determinismo en los eventos y situaciones de la realidad, sino un indeterminismo que deja espacio al azar, en una combinación de causalidad y accidentalidad.

Pero la cultura de las sociedades avanzadas ignora todo esto. Afirma que los hombres son todos iguales, que el hombre es por naturaleza bueno, que su razón está destinada a dominar el cosmos, que el hombre puede mejorarse y de hecho siempre progresa. […]

En el fondo es la misma idea de progreso humano que se revela sustancialmente equivocada […] La fuente de este error es la confusión entre el hombre y su actividad. Si se mira hacia atrás en los milenios, se ve al hombre pasar de la caverna a la tienda, de ésta a la cabaña, a la casa, a la fortaleza, a la ciudad y al Estado. Se ve al hombre pasar de la maza a la lanza, del tronco de árbol a la barca, para llegar hoy al láser y la nave espacial: hay evidente crecimiento, desarrollo y por tanto progreso en las cosas de que nos hemos ido sirviendo.

Traslando de manera simplista el concepto al hombre, se afirma que también los hombres han progresado […] y sería así si quienes idearon y construyeron las pirámides egipcias, el laberinto de Cnossos, el alcantarillado de las ciudades etruscas o los acueductos romanos, hubieran tenido capacidades potenciales inferiores a las del hombre actual. Pero esto está muy lejos de haber sido demostrado; al contrario, todo apunta a que la verdad es exactamente opuesta.

Por otra parte la correcta interpretación léxica, también en sentido etimológico, del vocablo “progreso” –pro-gedior, camino hacia adelante- es propiamente la de un proceder temporal y espacial sin implicaciones cualitativas. Cuando pensamos verdaderamente en una mejora o un avance cualitativo, no decimos y no pensamos ir hacia adelante sino ir hacia arriba, crecer, elevarnos.

La implicación semántica “cualitativa” del término “progreso” debemos atribuirla totalmente y exclusivamente a la configuración mítica que este concepto asumió en el ámbito de la cultura utopista.

domingo, 3 de junio de 2012

FAMILIA Y MORAL SEXUAL


[Hoy publico otro extracto de Gozzoli que continúa la línea del primero y hoy en día, treinta años después de la primera publicación del libro, a muchos parecerá desfasado. Sin embargo ello significa solamente que la situación descrita se ha intensificado y las consecuencias disolutivas que en la época se comenzaban a observar están alcanzando su plenitud hoy en día. Como observo en el comentario más abajo tengo mis reservas sobre la capacidad 'natural' de la sociedad de corregirse a sí misma, en la que el autor confía.] 

FAMILIA  Y REVOLUCIÓN SEXUAL

Hemos hablado hasta ahora de los medios indispensables para garantizar a una sociedad su necesaria cohesión interna –por así decir los ‘medios de comunicación naturales’ el interno del sistema orgánico constituido por el grupo humano- y los hemos identificado esencialmente en un patrimonio genético común, en unos valores y una moral comunes, en una lengua común.

Hemos también notado la estrecha relación entre ‘nivel y tipo de moralidad’ y fuerza expansiva de un grupo. Así como entre ‘nivel y tipo de moralidad’ y capacidad de progreso civil.

Hemos visto que libertad sexual prematrimonial, control de la natalidad, aborto, divorcio, tolerancia de frente al adulterio femenino, no son conquistas del siglo XX: desde hace decenas de milenios, cientos o millares de sociedades o grupos humanos ya practican esta moral ‘permisiva’ y hemos visto también cómo, con toda evidencia racional y lógica objetiva, a esta falta de ‘moralidad’ se debe atribuir la incapacidad de progreso civil de estas sociedades, llamadas primitivas.

Aún más, hemos explicado esta ‘incapacidad moral’ con una pobreza de tipos genéticos portadores –en sus estructuras mentales- de ‘sentido moral’.

Ahora digamos unas palabras sobre nuestras sociedades actuales.

Sobre la base de nuestros conocimientos históricos y científicos, podemos bien afirmar que nuestras sociedades son expresiones de poblaciones genéticas en las cuales estos tipos –portadores de sentido moral- son estadísticamente bastante frecuentes, si no prevalentes. Por tanto se plantea el problema, aunque pueda parecer una divagación, de la génesis de la llamada ‘revolución sexual’ en nuestras sociedades. ¿Cómo ha sucedido?

No se ha tratado de una ‘improvisación’ de la Historia. El fenómeno tiene causas –más o menos remotas- y ha tenido factores desencadenantes. Busquémoslos y examinémoslos.

En primer lugar, la desviación hacia el individuo –en perjuicio del ‘grupo’- del eje de los valores en la cultura corriente.

La pérdida de ‘agarre’ y de control por parte de la religión en la sociedad actual […]

La influencia ejercitada por múltiples corrientes psicológicas, sociológicas y pedagógicas, cuya falta de cientificidad no ha reducido su poder de persuasión, hasta conducir a la actual ‘educación permisiva’.

El crecimiento del bienestar, con mucha mayor disponibilidad de dinero para jóvenes –incluso adolescentes- y mujeres.

El fenómeno del trabajo femenino en la fábrica y la oficina, con el alejamiento de la mujer de la casa.  La ruptura de la cohesión cultural por el exceso de opinabilidad de todos los valores. También quizás la psicosis de la ‘explosión demográfica ocmo amenaza para el futuro. Todas estas son causas. Pero ha habido un preciso factor desencadenante: los anticonceptivos.

La desaparición del temor de un embarazo –que para una mujer soltera significaba tragedia, para una esposa dolor y fatiga, para una adúltera remordimiento y a menudo un castigo legal- ha ‘desatado’ el nudo maestro de la entera red de reglas y tabúes.

La paridad social de los sexos –no la igualdad, que no existe porque son ellos mismos, los sexos, que no la consienten- libera y desencadena a la mujer. No sólo, sino que le ofrece ventajas sobre el varón: mientras éste no tiene alternativas al trabajo, la mujer puede –al menos en principio- retornar a casa y dejar la ‘carrera’; y además ahora es ella la depositaria del poder de decisión sobre la maternidad deliberadamente buscada: el hombre es una posible víctima.

Todo por tanto ha cambiado, es más se ha vuelto del revés, radicalmente. Pero a pesar de ello hay algo que no cambia: los hijos son necesarios o la sociedad perece. Y ellos necesitan la protección que tenían antes, la misma de siempre: material y biológica, afectiva y social. Son ellos el centro de la familia. Son demasiado importantes para la misma supervivencia del grupo, para que este problema no encuentre rápidamente una solución. Desde los primeros orígenes las sociedades humanas civiles se han necho cargo. Por esto mismo el matrimonio no había sido nunca un ‘contrato entre dos’ sino que intervenía la sociedad –en sus componentes religiosa y civil- para tutelar de manera inconsciente pero concreta el ‘tercer componente’: los futuros hijos.

Pero hoy en día esta tutela, por el lado civil, ha desaparecido, y por el lado religioso se ha debilitado sustancialmente. Sin embargo el problema permanece. Los hijos están ahí y lo estarán siempre.

La cuestión que se plantea entonces es la siguiente: ¿Es, una mujer sexualmente ‘libre’, una madre adecuada? ¿Es, un hombre desvirilizado y ‘en desventaja’, un padre adecuado?

La respuesta es no. Y sin embargo el problema será resuelto.

Y será resuelto de manera totalmente natural: el fuerte porcentaje de portadores genéticos del carácter ‘moral’ –entendido en el sentido ‘familista’ y ‘machista’ que la selección de los primeros treinta o cuarenta milenios ha producido en nuestra sociedad- no podrá ser comprimida demasiado tiempo. Este componente surgirá y se expresará abiertamente en formas culturales -y también políticas- de contraposición a las costumbres corrientes, y para ello bastará la primera crisis económica seria. Sobre todo si mientras tanto seguirá creciendo ese vasto fenómeno inmigratorio que ya amenaza el corazón de la identidad biológica y cultural de nuestros pueblos.

Por otra parte la suma de las presiones culturales que fomentan la limitación de los nacimientos tiene prevalentemente efecto sobre los individuos –hombres y mujeres- en los cuales el instinto a la procreación es menos imperioso: por tanto se irám reduciendo porque generando menos transmitirán menos sus genes; mientras por el contrario crecerá la proporción de genes de aquellos sujetos  que –a pesar de los fuertes condicionamientos en sentido opuesto- desean, es más orgullosamente quieren, procrear hijos y vivir para ellos.
Y será por tanto prevalentemente de esos genes, después de la venida del ‘medioevo próximo venturo’, que nuestros pueblos retomarán el camino hacia una nueva elevación y progreso civil.

lunes, 28 de mayo de 2012

SENTIDO MORAL Y CIVILIZACIÓN


[Terminada la serie de Adriano Romualdi comenzamos a publicar algo del autor italiano Sergio Gozzoli, médico de formación y profesión que ha publicado numerosos artículos en la revista italiana "L'Uomo Libero" y el libro "Las Raíces y la Semilla". En esta obra, a la que pertenecen los fragmentos escogidos, aborda el problema de la naturaleza humana y la sociedad, desde un punto de vista basado en la biología, la genética y la evolución, una perspectiva si se quiere muy "sociobiológica".

Punto de vista que tiene sus limitaciones -para otros puede ser al contrario su mayor mérito- pero en cualquier caso basado sobre un sólido fundamento científico y portador de una claridad y un rigor muy necesarios hoy en día, época de manipulación, demagogia e ignorancia fomentada desde el poder especialmente en estos temas. Los conocimientos científicos sobre el hombre, cuando se trata de verdadera ciencia naturalmente y no de propaganda políticamente correcta, son una bofetada en toda regla contra todo utopismo igualitario y buenista, además de revelar, desde el particular punto de vista del autor, el carácter de enfermedad y patología en un sentido socio-biológico de las ideologías "progresistas" hoy dominantes. Ideologías cuya esencia profunda es la negación de la realidad humana, la apología de la decadencia y el rebajamiento del nivel de civilización de la humanidad. Saludable por tanto la lectura de estos pasajes que serán pocos pero dan una idea cabal del punto de vista del autor. Buena lectura.]



Sergio Gozzoli

Fragmento de la obra "Las raíces y la semilla"


Las poblaciones capaces de concebir diferencias de poder y de funciones, de dignidad y censo, capaces de ‘amar’ la propia mujer, los propios hijos, la propia tierra, la propia comunidad –puesto que en ella los individuos podían identificarse, potenciarse, y continuarse después de la muerte-, esas poblaciones caminaron hacia adelante y se elevaron. Comenzaron con los dibujos en las grutas de Lascaux y Altamira para llegar a la Capilla Sixtina y a la sonrisa de la Gioconda; partieron de los coros nocturnos de cazadores alrededor de las hogueras para vencer la angustia de los silencios ilimitatos de la estepa, y llegaron a las sinfonías de Beethoven y a Wagner; partieron de la maza y el arpón de hueso y llegaron al láser; partieron de la estupefacción y la maravilla frente a la bóveda estrellada de un cielo lejano y a menudo enemigo, y llegaron con Galileo al postulado de objetividad y con Von Braun al primer alunizaje.

Y todo esto porque estaban dotados no sólo de agresividad y de inteligencia –de esto están dotados, quien más y quien menos, todos los grupos humanos- sino también y sobre todo de un fuerte sentido moral.

Esto es, la civilización es hija de la moral.

Pero hay que precisar: la observación de la historia de todos los pueblos civiles muestra que no se trata de una moral ‘genérica’, una cualquiera de las muchas posibles. No. La civilización en auge resulta ser siempre hija de la rígida, incómoda, austera y no permisiva moral de tipo patriarcal y ‘machista’ [Nota: me ha sido imposible evitar la palabreja de marras en la traducción; valgan las comillas] –que con un neologismo podríamos definir ‘familista’- que hasta ayer ha caracterizado las culturas europeas, orientales y africanas, hasta anteayer también la americana y la sueca.

En la base de la estructura social de la polis –en el momento del máximo esplendor de la civilización helénica- estaba una familia en la cual las mujeres vivían separadas en la clausura de su ‘gineceo’. No habría habido ninguna realidad imperial romana sin una familia en la cual la patria potestas garantizaba al padre –casi rey, sumo sacerdote y supremo magistrado al mismo tiempo- derecho de vida y muerte sobre mujeres e hijos. En su fase de máximo vigor expansivo, de conquista y fundación de nuevas naciones y nuevos Estados, los Normandos dictaron leyes en virtud de las cuales un marido traicionado que no reparase la ofensa con sangre en breve tiempo perdía todos los derechos civiles: es de origen normanda, no árabe, la tradición del ‘delito de honor’ de gran parte de las poblaciones italianas.

Y no se puede ni siquiera afirmar que fuese una moral ‘inventada’ o ‘impuesta’ por los varones: entre los antiguos Francos Salios –que junto a Romanos, Normandos y Árabes fueron los más formidables forjadores de historia y geografía que el mundo haya conocido- una adúltera era juzgada y lapidada por las mujeres de su comunidad: los hombres no ponían ni palabra ni mano. Por lo demás la más puritana y antifeminista de las morales –la victoriana- que acompañó y fue el substrato del momento de la máxima potencia y expansión imperial británica, se identificó -hasta en el nombre- con una mujer: la reina Victoria.

¿Y cómo no recordar que hasta hace pocos años, en todas las sociedades europeas, la más despiadada censura de las ‘inconveniencias’ de una mujer joven no venía tanto de los varones –más comprensivos porque algunas ‘inconveniencias’ les convenían a ellos- sino de las viejas de casa y las comadres del vecindario, que espiaban la hora en que la muchacha del piso de abajo volvía a casa para etiquetarla de por vida si retornaba demasiado tarde?

Estrecha por tanto, e indisoluble es la relación entre costumbres severas y elevada civilización. Y en efecto, si intento soñar un mundo en el cual las mujeres tienen gracia y las muchachas pudor, y los hombres las respetan, yo no represento en mi pensamiento una imagen prevalentemente moral: sueño un mundo de civilización, en un sentido estético puro.

El revoltijo de seres intercambiables en las actitudes, en los comportamientos y en los roles, sin caracterizaciones ligadas al sexo y a la edad, esta especie de espesura salvaje donde un fruto se recoge aún acerbo, donde las plantas trepadoras sofocan cualquier brote y la prepotencia legitimada del sotobosque niega el respiro a todas las flores, esta sociedad en la que a un muchacho se le convierte en viejo con un exceso de libertad que es falta de protección, donde una muchacha no conoce ya sueños porque no se le deja tiempo para soñar, donde son embargo el chico o la chica maduran tarde o no maduran nunca, porque no fueron ‘cultivados’ durante todo el tiempo necesario para el cachorro del hombre –un tiempo largo-, este mundo de desenfreno y licencia en los hijos, que es sólo el resultado de la indiferencia y la falta de responsabilidad de los padres, no es una sociedad civil. No hay civilización cuando todas las reglas se destruyen, cuando la corrupción es pública y oficial.

Y cuando digo ‘corrupción’ no es en un sentido retóricamente moral, sino en un sentido estético puro: la belleza corrompida por la fealdad, el orden hermoso de los surcos de un campo arruinado por el bárbaro pisoteo de una horda de salvajes.

El camino al ‘Medioevo próximo venturo’ [Nota: título de un libro que tuvo una cierta notoriedad del escritor Roberto Vacca] empieza a abrirse camino en el campo de las costumbres: los bárbaros están ya dentro de las puertas.

Si el ‘Medioevo próximo venturo’ no ha explotado aún en las infraestructuras tecnológicas, en las comunicaciones y en los sistemas productivo y administrativo de las actuales sociedades ‘avanzadas’ –que son sociedades innaturales- se arrastra serpenteando, sin embargo, en la profundidad de los contenidos de estas estructuras.

Las arterias aguantan todavía –aunque estén gastadas- pero la sangre está ya arruinada

viernes, 18 de mayo de 2012

TRADICIÓN EUROPEA (8)


[Este  fragmento concluye la serie dedicada a la obra de Adriano Romualdi sobre la tradición europea. No es un libro muy extenso y la selección aquí presentada cubre una buena parte de la obra. En esta última entrada se presenta las últimas páginas del libro, de gran fuerza y que constituyen una llamada a la acción y una visión de futuro, sin lugar para el abatimiento nihilista, aún hoy y en medio de una decadencia espantosa que asume rasgos aún más siniestros que hace 40 años cuando esta obra fue escrita. Se invita a todos los lectores a comentar sus impresiones y a debatir sobre las ideas de Romualdi.] 

Un mundo nuevo

No es casual que Faust ponga fin a su existencia con la visión de la operosidad humana. La historia pasa página y el mundo de la técnica conquista su espacio. Hablar bien o mal de ello no agota la cuestión: hay en la realidad de la técnica una ignorancia de cualquier otra perspectiva, pero también un espíritu de racionalidad y de dominio que se encuadra en el contexto de una tradición europea.

Porque las raíces de la matemática son apolíneas, aunque sus aplicaciones parezcan venir al encuentro de Marsias.

Ha en la ciencia y en la técnica una adherencia al estilo interior del hombre blanco que no se puede dejar de reconocer. Un estilo que se ha vuelto obtuso, una vocación decaída en hábito mecánico, pero dominada por una voluntad de claridad que hace comprender la bendición que Goethe otorgaba a la operosidad. En definitiva, la operosidad no ma sido más que la última, tardía encarnación de la espiritualidad europea, como el imperialismo y el estoicismo lo fueron de la clásica.

¿Podemos hoy simplemente renegar de una corriente espiritual tan importante? O mejor dicho: ¿Podemos simplemente deshacernos de la pesada carga de la civilización blanca? La vocación apolínea del hombre blanco excluye tal abdicación. No puede dejar de escuchar el mandato interior que es el de crear y ostener el orden. Midgard –el país del centro, la patria del hombre- debe ser continuamente defendido contra Utgard, contra las fuerzas del caos que surgen del “país exterior”. Midgard es uno de los conceptos simbólicos más profundos expresados por las estirpes arias y germánicas, es el símbolo de la colaboración de todas las fuerzas humanas y divinas.

Se ha hablado, en el campo de la crisis del arte, de un “arte descentrado” [Nota: este es el título de un importante libro del crítico de arte Hans Sedlmayr], de una “muerte de la luz”. Este centro perdido es el canon clásico, y la luz es la de la tradición europea. Así como el eclipse de la luz en el arte comienza con el abandono de aquellos valores plásticos percibidos como “normales” por la humanidad blanca, del oscurecimiento del ideal del hombre blanco hoy se irradia el caos. La crítica de la concepción “eurocéntrica” que viene de los propagandistas de la revolución mundial y de ciertos turbios espiritualismos, es un aspecto de esta “pérdida del centro”.

Cierto, hoy nosotros somos bastante críticos hacia la obra del hombre blanco en los últimos cien años [Nota: recuérdese que este ensayo se escribió en los años 70]. Espacios han sido invadidos, límites abolidos, cuya existencia era sagrada no para los demás, sino para nosotros. El apartheid es vital para cada una de las partes en causa. La profanación incluso de las últimas áreas pertenecientes a modelos culturales distintos ha infectado inútilmente el nuestro, empobreciendo la riqueza cultural del mundo. Una pavorosa desolación en el entero planeta es la consecuencia, una devastación que hoy nos amenaza también en sus aspectos ecológicos.

Pero como la curación es patrimonio exclusivo del enfermo, el saneamiento de nuestra civilización es tarea nuestra. El orden del hombre blanco puede haber sido culpable de muchos efectos negativos, pero es una máquina demasiado delicada para que otros puedan pensar en repararla. La carga del hombre blanco –la responsabilidad por las razas impuras, seniles o supersticiosas, junto a la ingratitud de los asistidos y la incomprensión de los “clérigos” traidores- […] permanece, en un sentido más profundo del que tuvo antes, como la palabra de la fidelidad a nosotros mismos.

Que exactamente contra esto se inflamen las blasfemias de la subversión no es una casualidad. Para que el centro se pierda completamente, y la luz se extinga, es necesario que la imagen del homo europeaus sea extinguida también. Bajo este punto de vista, la exaltación del negro como símbolo de todo aquello que es nocturno y libidinosamente rebelde, junto a la hostilidad por el tipo psíquico e incluso físico germánico y anglosajón, no son solamente fenómenos  sociales o de costumbres, sino jugadas sutiles en una partida de ajedrez de la noche contra la luz.

El problema de una tradición europea es el de encontrar una forma espiritual capaz de contener más de tres milenios de espiritualidad europea. Una forma que no represente un revoltijo sincretista, sino que redescubra el fondo de la espiritualidad propia del hombre blanco.

Se podría decir que el tipo espiritual de Occidente es el Héroe en vez del Santo –acción frente a contemplación- pero también esto sería simplificar.

Y sin embargo una moderna espiritualidad europea no podrá no configurarse como esencialmente activa, en un mundo en el cual el tema central es el dominio de las fuerzas elementales. La invasión de lo elemental –técnicas, distancias, excitaciones- parece ser la característica de nuestra época. Se requiere una capacidad de disciplina y simplificación ajena a cualquier confusionismo espiritualista.

Un estilo que sepa ver en las luces blancas, y firmes, y metálicas de una cierta modernidad, casi el presagio de un nuevo clasicismo. El estilo de una metafísica del esfuerzo y de la formación de sí.

Un estilo que fue propio de aquellos movimientos conservadores-revolucionarios de ayer que intentaron fundir la claridad de los orígenes con la nueva luminosidad que irradia la tensión atlética y el dominio de la materia […] ¿Esa experiencia la hemos dejado atrás completamente? Difícilmente podríamos articular la temática de una nueva espiritualidad europea prescindiendo de aquellos intentos de fundir la lucidez antigua y la audacia moderna. Son indispensables puntos de referencia hoy en día, cuando los misticismos se empañan y se contaminan por la vecindad de tantos impuros espiritualismos.

Junto a esta espiritualidad diurna –capaz de no empalidecer en la luz deslumbrante del mundo moderno- el catolicismo se revela algo deslucido o, de cualquier manera, empequeñecido.

Por mucho que conserve su validez como fuerza y forma interior a nivel personal, sus pretensiones de hegemonía no pueden no parecernos inactuales. Desde principios del siglo XIX el catolicismo no puede representar más que una corriente espiritual entre las otras. Y el “tradicionalismo católico” es un ismo, exactamente igual que el “neopaganismo”. Su contradicción está en que debe admitir una ortodoxia superior a la la ortodoxia. No olvidemos además que “la condición para ser una tradicionalista es no saberlo”.

Aún más problemático nos parece otro “tradicionalismo” cuyo universalismo se diluye en un cosmopolitismo inquietante. [Nota: el autor se refiere a la escuela de René Guénon y corrientes afines, que pertenece a lo que a veces se conoce como tradicionalismo integral o metafísico y de la cual Julius Evola fue una relevante figura.] […]. De esta manera la noble aspiración a valores eternos y universales se puede desvirtuar en una latente aversión por los valores del kòsmos, de la jerarquía y del hombre blanco. Así en los meandros de cierto “tradicionalismo” pululan la infatuación por la nègritude, el coqueteo con el hebraísmo y otras impurezas espirituales. Tanto es así que hay quien se arroga el derecho de pontificar sobre “Tradición” mientras lo consumen como un cáncer los tres pecados capitales de la modernidad: el intelectualismo, el esnobismo y el antifascismo.

[…]

Concluimos con un pasaje de Walter Otto:

“Y he aquí que de nuevo viene a nuestro encuentro la antigüedad clásica en su grandeza: no para que nos perdamos en su imitación, sino para que nuestro contacto con ella nos dé una vez más la fuerza de superar este lance. Ningún descubrimiento científico y ningún nuevo método de investigación han servido para acercarnos a ella, pero es nuestro mismo destino que en esta época de crisis nos hace advertir la voz admonitoria del mito y de la antigüedad. Viene a nosotros con sus Dioses, cuya sustancia viviente, como la más alta realidad del hombre y del mundo, las generaciones precedentes no comprendieron. Hölderlin lo había presagiado y el camino de Nietzsche estuvo marcado por este sublime encuentro. Nada está más lejos de nuestra intención que la tentación de jugar con cultos ya desaparecidos. Culto y mito deben significar para nosotros algo distinto de lo que fueron hace milenios. Pero las potencias divinas del Ser nos esperan para comunicarnos algo del infinito, y nuestro destino sabrá encontrar la forma en la cual volverán a ser visibles.”

viernes, 11 de mayo de 2012

TRADICIÓN EUROPEA (7)


La mística germánica y el cristianismo

Sin embargo las raíces del cristianismo no pudieron nunca llegar hasta el fondo. Hay una zona que evade el sincretismo cultural y donde la letra del dogma cristiano choca contra una metafísica originaria.

Como en Persia el sufismo es la reacción de una cultura aria constreñida dentro del dogma semítico-islámico, la mística medieval europea tiende a salirse del cuadro del cristianismo. Cuanto más es mística –como Evola notò- menos es cristiana. En una esfera de altísimo silencio donde el lenguaje de los dogmas enmudece, los místicos alemanes encontrarán palabras similares a las de Proclo, Plotino y las Upanishads indias.

[…]

En Meister Eckart la mística cristiana ha alcanzado su más alta formulación y, no por casualidad, es precisamente en Eckart donde los límites de la verdad consentida oscilan más peligrosamente.

Encontramos en él la exaltación de la Abeschiedenheit, la inaccesibilidad del alma, por encima de cualquier amor y piedad cristiana. Hay una clara conciencia del carácter no temporal de la creación y de la revelación. Encontramos en fin, con gran fuerza, el motivo de la absoluta identidad del alma con Dios. Con la soledad, la pureza, la concentración, Eckart llega a ver este remotísimo fondo […] Habla de un castillo del alma, de un fondo del alma, de una roca del espíritu que no son otra cosa que el plotiniamo “centro del alma” y la “flor del intelecto” sobre la cual razona Proclo. […]

De esta manera Eckart superaba la distancia de millares de años y de kilómetros que lo separaba de India para repetir la antigua palabra de las Upanishads: tat tvam ahsi. Esto eres tú. Este dios que anima el mundo eres tú. Cruzaba los límites que le habían sido asignados para atravesar los de la pura metafísica y unirse a esa hueste evocada por Drieu La Rochelle cuando hablaba de  “los espíritus que velan en los dos aspectos del pensamiento ario, el indio y el occidental”.

No sorprende que la Iglesia terminase condenando varias proposiciones de Eckart: con la bula pontificia In Agro Dominico, veintiocho tesis del Maestro se prohibían. […] Así, en los más recónditos rincones del cristianismo, el horizonte de la más antigua metafísica europea seguía subsistiendo.

Pero al margen de estos aspectos de la mística o el sincretismo cultural entre Antigüedad y Cristianismo, la inserción de la religiosidad cristiana en la substancia espiritual europea es un hecho innegable.

Desde el principio del medioevo hasta el final del siglo XVIII el concepto de Cristiandad y el de Europa se convierten en equivalentes. La Cristiandad: una ecúmene unida no sólo por una religión, sino por unas costumbres de moderación y firmeza que se alejan de los excesos y opone de hecho el “cristiano”, como europeo, al bárbaro. Es en este sentido que Nietzsche alababa al verdadero cristiano como una de las figuras  más respetables de la civilización europea.

Frente al salvaje, pero también frente al turco y al oriental, el cristiano se define por el sentido de la medida, en la práctica de la fe y el comportamiento; es este sentido de la medida y pureza lo que se percibe inmediatamente como el carácter de la civilitas europea de raíz cristiana. Así la Cristiandad se convierte en la fórmula que recoge las características del homo europaeus, es más del hombre blanco.

Sería un error creer que estos rasgos han sido creados por el cristianismo, porque el tipo europeo es menos un producto de la “Cristianidad” que lo contrario, es decir que ésta lo sea del ethnos europeo. Esa actitud de veneración equilibrada, magnanimidad y respeto estaba ya presente en el mundo clásico. También ese respeto de la persona y de la vida humana que son característicos de Europa y constituyen una precisa frontera de frente al “bárbaro” eran propias del humanismo griego antes de Cristo. Muchos de los llamados valores cristianos representan el perpetuarse sobre el terreno de una misma etnia y cultura europea, un modo de ser ya radicado en la antigua humanitas. De esta manera el problema no es interpretar la “Cristianidad” como la fundación de una civilización europea sobre la base del cristianismo sino como un momento –importante- de una historia bastante más larga.

Por tanto, si bien indudablemente benéfico ha sido el papel totalitario de la Cristiandad en la época de plenitud de la ecúmene europea, está claro que esta unilateralidad pertenece al pasado.

Ya la Reforma indica el punto de crisis, creada no por el Protestantismo sino por el Renacimiento y –en general- por las nuevas perspectivas en el mundo y también científicas. El Protestantismo no es sino la franqueza con la cual los pueblos germánicos constatan el eclipse de lo sagrado; reaccionan ante ello con un vivo fervor moral, que explica el puritanismo y el activismo del cual dieron pruebas casi hasta ayer. En el catolicismo de la Contrarreforma en cambio prevalecen la voluntad de compromiso y la capacidad de negociación de los pueblos latinos.

[…] Las estatuas de los dioses vuelven a la luz del día con su halo de esplendor y de fatalidad. Así lo divino empieza a perder las connotaciones de la mitología cristiana […] Con Goethe comienza el post-cristianismo: hay todavía potencias divinas pero son “los desconocidos seres superiores que presagiamos”.

Lo Divino permanece: su presencia es demasiado importante para declinar con el cristianismo. Pero su dimensión es ahora la operosidad, no el éxtasis; la presencia y no la trascendencia. Esto no hay que entenderlo como la afirmación de una espcie de deísmo laico, sino como la constatación de que la ritualidad cristiana es una forma que se ha quedado estrecha para el espíritu europeo.

sábado, 21 de abril de 2012

TRADICIÓN EUROPEA (6)


[En las próximas entradas se publicará la segunda serie de textos sobre la tradición europea de Adriano Romualdi que concluirá el ciclo]


El fin del mundo clásico

La clase dirigente romana, con plena conciencia de ser la luz de un mundo antiguo en su ocaso, como los dioses lo son del Universo, posee la coraza del estoicismo. Producto de una avanzada civilización, no puede tener de lo sagrado más que una sensación indirecta, y por otra parte –consciente de que no se puede improvisar en los alambiques de la magia- está preparada para testimoniar con su inquebrantabilidad  humana la inquebrantabilidad del kósmos divino.

[…]

Este ideal del hombre de alto rango, intrépido y sabio, encontrará su culminación en el imperio humanista de los Flavios y los Antoninos. Es un estoicismo vivido con espíritu social y político, donde la apathéia y la autárkeia –la impasibilidad y la autosuficiencia- ayudan, no a huir, sino a sostener el peso del mundo.

En las palabras del emperador filósofo Marco Aurelio se expresa con fiereza la conciencia de esta misión: “Que el dios dentro de ti sea la guía de un animal viril y maduro y político y romano y comandante que haya puesto en orden su yo”.





No sorprende que esta clase dirigente de espíritus filosóficos y aristocráticos se mostrara hostil al cristianismo. Hoy sabemos realmente lo que significaba el cristianismo: un fenómeno social, racial y ideal extraño al mundo clásico.

[…]

El paganismo tuvo un último destello de vida en la filosofía de Plotino y la mística neoplatónica:

“En su época Plotino es una figura solitaria…la época estaba sobrecargada de hechos y de una humanidad perennemente en movimiento. En Plotino toma forma el mundo del espíritu, contrapuesto a todo ello, que frente a él parece disolverse como un fantasma. Frente a su mundo lejano, inaccesible, incorruptible, todo el resto es transitoriedad y muerte. Permeado de muerte, es verdad, también está el pensamiento de Plotino. Pero la muerte no es aquí apariencia, fragilidad, putrefacción; es lejanía y grandeza, conocimiento apolíneo…

Plotino es Apolo, su último y claro fulgor en la historia: como siempre, permanece lejano y sublime, y no se preocupa de las vueltas y los afanes de la acción humana, donde no pretende llevar orden, ni dirección, ni sentido…ahonda el abismo que separa el ser divino del humano. En un siglo como éste hay necesidad de redescubrir este abismo, que se revele lo que es mortal y lo que es eterno, lo que tiene grandeza y lo que no” (De la Antigüedad al Medioevo, Franz Altheim)

Así fue el crepúsculo del mundo clásico, donde la idea de un Orden sapiente y luminoso surgida en la prehistoria indoeuropea se hizo imagen y palabra en Grecia, y organización política en Roma.

Terminaba con un extrema teofanía de la Luz, pero dejaba un modelo de claridad, control y medida en el cual el alma de la raza blanca se reconocería para siempre.

El Medioevo cristiano

¿De qué manera el cristianismo –tras de haber contribuido a disolver la tradición grecorromana- pudo cementar la nueva Europa romance-germánica?

Es un proceso de transformación que nos muestra cómo la fuerza de la forma viviente se apodera de la letra del dogma. Después de Constantino Europa, agotada, se aliena de sí misma, como cristalizada en el espejismo oriental.

Después, tras la transfusión germánica, mientras el resto  del orbe romano es absorbido por el Islam y Bizancio lentamente declina, toma forma una nueva visión religiosa. La batalla de Poitiers, la restauración imperial de Carlomagno son los eventos que marcan la organización de una nueva ecúmene europea entre el Elba y el Ebro, del Canal de la Mancha a Montecassino. A esta nueva ecúmene corresponde un nuevo cristianismo que pronto se separará del griego: el catolicismo.

La artes figurativas –en las que un sentimiento del mundo inmediatamente se expresa- hacen visible plásticamente la nueva realidad. Como la arquitectura románica y gótica representan una fractura con el arte basilical de los mosaicos y las cúpulas, la plástica románica y gótica proyecta nuevos modelos espirituales.







 […]

Alrededor del año 1000 las generaciones románico-germánicas emprenden, cada vez más rapidamente, un proceso de reasimilación del cristianismo. Bajo la mirada clara de estos rostros góticos el cristianismo depura su sustancia y se hace olímpico. Nace el tipo del Cristo nórdico lleno de nobleza y sentido de la medida, como se perpetuará en la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

Así, superando la negación paolina y agustiniana del mundo, aflora una vez más la noción del orden visible, símbolo del orden invisible. A la apasionada negación agustiniana del Imperio Romano como obra de Caín y civitas diaboli, se contrapone la restauración de un Imperio que es romano y sacro. Al pacifismo cosmopolita del primer cristianismo sucede el mito de la guerra santa y la Laus novae militiae de San Bernardo.

Y la concepción orgánica del kósmos propia de la cultura griega florece de nuevo, a través de los estudios aristotélicos, en San Tomás de Aquino. Con esto la cultura clásica retoma el dominio del espíritu europeo mucho antes del Renacimiento y en un contexto menos individualista e intelectualista. Es por ello que la época medieval de la civilización europea, lejos de representar una abstracta “negación del mundo”, es en realidad una época de integración del kósmos visible en el inteligible.

En realidad, el discurso religioso del Medioevo está siempre en función de una lógica de orden...La antigua vocación a la racionalidad olímpica resurge, y con la misma pasión geométrica que había proyectado en el espacio las columnas dóricas, mide el kósmos con la osada matemática de las catedrales góticas.

De tal manera el cristianismo, romanizado en la organización jerárquica, germanizado en la sustancia humana y grecizado por las continuas transfusiones de aristotelismo y neoplatonismo, adquiere plena ciudadanía en Europa.


viernes, 13 de abril de 2012

UN GRAVE ERROR QUERER CANCELAR LA AGRESIVIDAD


MASSIMO FINI

Publicado en “IL FATTO”

Quiero volver a una cuestión aparentemente marginal pero que no es tal. Me refiero a la propuesta de la ministra del Turismo, Vittoria Brambilla, animalista convencida, de abolir, o al menos reducir, el Palio de Siena y otras fiestas cruentas como en Cataluña han renunciado a los toros. Decía la Brambilla: “¿Por qué no podemos renunciar también nosotros a estas carreras o palios, no sólo al de Siena? Estos espectáculos ya no tienen sentido, podemos tranquilamente vivir sin ellos”.

La Brambilla, aun con la mejor intención, se equivoca. Los espectáculos y las celebraciones cruentas, dentro de ciertos límites por supuesto, tienen todavía un sentido hoy en día. No se trata simplemente de conservar nuestras tradiciones locales, como sostienen los de la Liga, sino de algo bastante más profundo. Todas las culturas premodernas han tenido espectáculos y celebraciones cruentas, admitidas, institucionalizadas y reglamentadas, que tenían que ver no sólo con los animales sino también con los hombres: la fiesta orgiástica era común en todos los pueblos llamados “primitivos”, la guerra ritualizada entre los negros de África Central, la institución del “chivo expiatorio” de los griegos, el Carnaval en Europa (hoy, de hecho, prácticamente desaparecido). Los Ashanti, tribu guerrera originaria de Ghana, tenían institucionalizada una semana en la cual cualquiera podía cubrir de insultos, también los peores, a cualquiera, incluso al rey, y después todo volvía a la normalidad.

Los premodernos, más concretos y menos abstractos que nosotros, sabían que la agresividad humana no puede y no debe ser totalmente comprimida. Por dos buenos motivos. Porque la agresividad, además de natural, es vital y puede ser útil, al individuo o al grupo, en ciertas situaciones de emergencia. El segundo es que si se pretende eliminar completamente la agresividad, antes o después resurge de la manera más violenta, como un muelle demasiado comprimido. Es por tanto necesario intentar canalizarla en manifestaciones legitimadas de manera que esté bajo control.

La cultura iluminista, que no ve al hombre como es sino como debería ser, ha pretendido en cambio eliminar totalmente la agresividad de la vida de las comunidades. Toda la sociedad moderna camina en la dirección de la prohibición absoluta de la agresividad. Pero la agresividad tan innaturalmente prensada explota luego de la manera más monstruosa, como nos dicen muchos delitos,  recientes o menos, cometidos en barrios de gente bien, lindos, asépticos, por personas que hasta un momento antes eran aparentemente tranquilas. Son los “delitos de los chalets adosados” como han sido definidos. Es saludable que la agresividad pueda tener una válvula de escape. No sin razón los Griegos llamaban al “chivo expiatorio” pharmakos, medicina.