"Hubo un tiempo en que el pensamiento era divino, luego se hizo hombre, y ahora se ha hecho plebe. Un siglo más de lectores y el Espíritu se pudrirá, apestará"

Friedrich Nietzsche

domingo, 29 de julio de 2012

PREDECIR LA MUERTE


MASSIMO FINI

¿Predecir la muerte? La incertidumbre es mejor; es la verdadera sal de la vida

“Il Gazzettino”  20-Mayo-2011

Insistiendo e insistiendo de nuevo, lo hemos conseguido. O casi. Una de las ambiciones de la medicina tecnológica es poder predecir el día de nuestro nacimiento y el de nuestra muerte. Ahora una sociedad británica, la Life Length, va a sacar al mercado un test capaz de establecer cuánto nos queda de vida. Se trata de un simple análisis de sangre elaborado por una estudiosa española, María Blasco, del Centro Nacional de Investigaciones sobre el Cáncer de Madrid; se basa en la medición de la longitud de los telómeros, las partes terminales de los cromosomas. Cuanto más cortos son, menos vida tienes por delante.

El test ha hecho surgir varios reparos. Por ejemplo la hipótesis de una compañía de seguros que se niegue a estipular una póliza de vida si el beneficiario no acepta someterse al test. Colin Blakemore, un neurocientífico de Oxford, expresa en cambio otro tipo de duda: “Mi preocupación principal –afirma- tiene que ver con la fiabilidad del test. Tenemos que saber mucho más antes de hacer previsiones”.

Y menos mal, por suerte, que al menos por ahora es así. Si uno supiera desde el nacimiento cuánto vivirá, aunque fueran 80 años, se pegaría un tiro. Porque la vida no sería otra cosa que una larga agonía en espera de la muerte. Cada día que pasa sabríamos che el momento fatal se acerca. Entendámonos, esto ya lo sabemos y es por ello que nos agitamos, que nos afanamos en hacer cosas, nos esforzamos, nos dedicamos a mil ocupaciones: para olvidar que nuestro fin es inevitable, para calmar nuestra subyacente angustia de muerte. Pero una cosa es saber que podemos morir mañana o dentro de treinta años, y otra muy distinta tener la certeza matemática de la fecha final. Escribe Nietzsche: “Hamlet, ¿quién lo entiende? No es la duda, sino la certeza, lo que mata”. Es justamente la incertidumbre que nos permite vivir, que hace nuestra vida tolerable. La crueldad de la pena de muerte no está en a supresión de una vida (cada día mueren millones de personas por los más variados motivos) sino en el hecho de que el condenado sabe con certidumbre el día en que morirá. Sus últimas semanas son una tortura aterradora y cada condenado espera en su corazón que el verdugo haga su aparición lo antes posible, incluso antes del tiempo previsto, para evitarle este sufrimiento.

Volviendo al test, para quien lo haya realizado, naturalmente, la angustia aumentaría cada día que pasa. Escribe Cicerón: “No hay hombre, por muy viejo o enfermo que esté, que no piense que puede vivir almenos un año más”. ¿Por qué queremos quitarnos también estas ilusiones? ¿Por qué queremos racionalizar la vida hasta este punto? ¿Por qué, con un incansable esfuerzo, seguir yendo contra la Naturaleza? Si la naturaleza no nos ha dado ninguna certeza matemática sobre nuestra vida y nuestra muerte habrá alguna razón para ello. Respetémosla. Cada uno de nosotros morirá, esto está claro. Pero no sabemos cuándo. Y es un bien para nosotros que sigamos sin saberlo.

El error fatal del Iluminismo es querer examinar todo, como la palabra indica iluminarlo todo, quiere conocerlo todo. Y en cambio es bueno que ciertas cosas sigan en la oscuridad, en el misterio y, digámoslo también , en una sacrosanta ignorancia.

domingo, 22 de julio de 2012

UNA VIDA BASTA Y SOBRA


[Volvemos a publicar algunos artículos de Massimo Fini, autor que aprecio mucho, sobre las patologías profundas de la sociedad moderna y tecnificada, que lejos de liberar al hombre en muchos aspectos lo oprime y lo condena a una insatisfacción oscura y permanente]


Massimo Fini

Mi slogan es: morir antes, morir todos. La segunda parte es impepinable, la primera, obviamente, discutible. Ya en 1919, cuando los horrores de la medicina tecnológica no habían alcanzado todavía los niveles actuales, Max Weber escribía: “La premisa general de la medicina moderna es que sea considerada positiva, únicamente, la tarea de la conservación de la vida…Todas las ciencias dan una respuesta a esta pregunta: ¿qué tenemos que hacer si queremos dominar ‘técnicamente’ la vida? Pero si queremos o no dominarla técnicamente, si debemos hacerlo y, en definitiva, si eso tiene verdaderamente un significado, esta cuestión no la afrontan o bien lo admiten implícitamente para sus fines”.

En la sociedad contemporánea, que se ha olvidado no sólo de Weber sino también de una sabiduría milenaria, el alargamiento dela vida no es solamente un must sino una bandera que ondea orgullosamente en el mástil más alto de la nave de la Modernidad.

Es necesario desbrozar el campo de un deliberado y no inocente equívoco difundido por los científicos, los médicos y los historiadores: que en la era preindustrial la vida era cortísima, 32 años o poco más. Una impostura ideológica. Los hombres y las mujeres del Medioevo se casaban, en media, respectivamente a 29 y 24 años; no habrían tenido ni siquiera el tiempo para criar a sus primeros hijos y, mucho menos, de criarlos por docenas como hacían. El hecho es que se confunde la vida media, en cuyo cálculo entran la mortalidad neonatal y perinatal (que además seleccionaba naturalmente los más robustos) con la vida efectiva de aquellos hombres. Sin entrar en complejas comparaciones estadísticas recordemos que padre Dante coloca “la mitad del camino de nuestra vida” en los 35 años y que, dos mil años antes, el biblista afirma “setenta son los años de vida del hombre”. El cotejo no hay que hacerlo por tanto con la vida media (que es una estadística artificial) sino con la expectativa de vida del adulto. En este aspecto hemos ganado algo, porque hoy los hombres tienen una esperanza de vida de 78 años y las mujeres de 83. Una decena de años más, que no son pocos. Pero hay que ver cómo se viven.

Para empezar están los horrores del “ensañamiento terapéutico”, gracias al cual al natural miedo a la muerte se ha añadido un abyecto terror a que te “salven”, condenándote, durante años, a una existencia mutilada, humillada, indigna de un ser humano. En el fondo la muerte, si respeta los tiempos naturales, es algo limpio, pero nosotros hemos conseguido convertirla en un acontecimiento sucio, inhumano. Además está la aterradora soledad de los viejos y la pérdida de cualquier función que hubieran podido tener. En Europa sólo el 3,5% de los ancianos vive con sus propios hijos. El viejo, al contrario de lo que sucedía un tiempo, ya no es el depositario del saber sino que, superado por las continuas innovaciones tecnológicas, ha perdido este papel. Como escribe el historiador Carlo Maria Cipolla “en la sociedad agrícola el anciano es el sabio, en la industrial es un desecho”. A esto se añade esa abstracción cruel que solamente la manía de codificar propia de la burguesía y de la modernidad podía inventarse: la pensión. De la noche a la mañana pierdes el puesto que tenías, aunque fuera modesto, en la sociedad, y te arrojan en el trastero de la chatarra. Y ahora vete a cuidar las gardenias, pobre, viejo e inútil capullo.

Pero ya antes, como entremeses, están la prevención y el terrorismo diagnóstico. A cualquier edad es necesario chequearse, manosearse, auscultarse, hacer media docena de exámenes al año. Ya no se puede fumar, no se puede beber, hay que hacer dieta. Debemos vivir hibernados, viejos desde la juventud. El griego Menandro (siglo III a.C.) divisaba lejos, muy lejos, nuestra sociedad, cuando cantaba: “Los Dioses aman a quien muere joven”

domingo, 15 de julio de 2012

ESCLAVOS DE LOS BANCOS (4)


[Con esta entrada termino el pequeño ciclo de textos de Blondet extraídos de su libro "Esclavos de los bancos". El libro en general es excelente y lo que he traducido es sólo una parte muy limitada de la reflexión de Blondet. El lector que quiera profundizar en estos temas de la mano de economistas reconocidos, que en mayor o menor medida han explicado el carácter inicuo y fraudulento e del sistema económico monetario actual, puede leer entre otros a John K. Galbraith y Joseph Stiglitz, que no son excesivamente 'heréticos', pero sobre todo a Maurice Allais y a la economista Margrit Kennedy, que ha realizado extensas investigaciones sobre los impuestos e intereses ocultos que pagamos todos al sistema bancario; para corregir esta situación propone la introducción de monedas locales junto a las ya circulantes, para evitar las crisis de origen monetario y el condicionamiento continuo que supone para la sociedad estar en manos de la deuda y de los usureros que gobiernan el mundo.]

Los saqueadores

Ahora empezamos a entender porqué la Iglesia y los teólogos medievales prohibían el préstamo con intereses, como lo prohíbe el Islam, y como lo prohíbe incluso el hebraísmo, por lo menos entre hebreos. Porque en la economía usurera las empresas están obligadas a crecer para pagar a los usureros, so pena de desaparecer. No son por tanto las necesidades humanas lo que dicta el ritmo de la economía sino las exigencias de la banca. El crecimiento del producto interno bruto no es –no siempre es- necesario para el bienestar de la población; es el imperativo impuesto contra los verdaderos intereses del pueblo, con el objetivo de maximizar la retribución del capital.

Hemos ya alcanzado el punto más allá del cual el crecimiento económico obligado saquea los recursos naturales, devasta la naturaleza (el dono gratuito del cual todos vivimos) y se vuelve insostenible: el ecologismo, entre sus fantasías y sus alarmismos, tiene aquí su parte de razón. […]

Las necesidades reales del hombre alcanzan  un punto de saturación natural, después del cual –por muchas sugestiones y trucos que se invente la publicidad- es difícil convencer el consumidor a consumir más. Así el sistema bancario alimenta con capitales, sobre todo, sectores donde la saturación puede ser aplazada al infinito o con sugestiones psicológicas (la moda, los autos último modelo, los superfluos gadget electrónicos que no podéis no tener si queréis estar a la altura: en una palabra, la sociedad del espectáculo que os vende ilusiones) o con maniobras políticas. Tal es el caso, trágico, de la industria del armamento: el arsenal de armas de un Estado no será nunca suficiente, mientras sea posible hacer creer a los políticos que el enemigo se está armando aún más. Durante decenios el juego ha salido bien agigantando a amenaza del enemigo soviético; hoy el juego continúa con un enemigo aún más fantástico, el terrorismo global. La guerra global al terrorismo proclamada por la administración Bush Jr. Es la gran, extrema invención para estimular la economía usurera y retribuir cada vez más el capital. Mientras que en el sector civil el capital invertido puede generar un beneficio del 5%, en el sector militar no son raros márgenes del 50%; especialmente si se está en medio de una guerra global y permanente.

Pero la auténtica gran invención para retribuir al capital en perjuicio de todos, es la especulación financiera. El juego de la Bolsa, alimentado continuamente con nuevos instrumentos financieros creativos. Este juego, precisamente porque no satisface ninguna necesidad natural y en cambio suscita una sed de lucro insaciable, puede continuar realmente sin límites. Los fondos y las sociedades de inversión proponen beneficios elevados para atraer los capitales y los ahorros; aquí comienza el carrusel. Después viene, periódicamente, inevitablemente, una burbuja financiera, que en sí misma favorece una ulterior excesiva retribución al capital.

Durante un tiempo, los incautos que han puesto ahí sus ahorros se sienten ricos, y quieren ser más ricos. Sus consultores, fondos y bancos los encandilan con frutos cada vez mayores, que de alguna manera y durante algún tiempo deben poder efectivamente mostrar.

Es necesario repetir una vez más que todo el crecimiento en campo financiero es falso. La finanza no produce riqueza: quien gana con ella, lo hace a expensas de alguien que se empobrece. En realidad riquezas increíbles son destruidas por la Bolsa y la especulación. Peor aún: la burbuja financiera tiene siempre necesidad de nuevos incautos que entren, para engullirlos pues es a su costa que aumenta, para que unos pocos se enriquezcan.

No tarda mucho en llegar el momento en que la rentabilidad extrema del capital se persigue y obtiene con cualesquiera medios, incluso los más deshonestos.

[…]

Es éste el motivo no de algunos, sino de todos los juegos especulativos. Por mucho que nos repitan que la Bolsa es necesaria porque reparte y asigna eficazmente los capitales, que la especulación es la mano invisible del mercado que alimenta con dinero las actividades mejores con infinita e infalible sabiduría. El verdadero motivo es el saqueo y el efecto no es una mejor utilización del capital, sino dilapidarlo; y al infierno con el resto de la sociedad.

Podéis no dar crédito a quien escribe estas líneas. Pero al menos creed a un premio Nobel de Economía, Maurice Allais.

He aquí lo que piensa Allais de los productos derivados, estos fantásticos instrumentos financieros creados a la medida de los fondos especulativos llamados hedge funds: “Los enormes beneficios de los hedge funds implican riesgos también enormes…inutilidad de estas especulaciones para le normal funcionamiento de la economía, y más aún la inestabilidad fundamental que generan, y los considerables riesgos que hacen correr a la economía.”

Allais ha propuesto, en vano, “prohibir la especulación sobre los derivados y liquidar por ley todos los hedge funds…no se puede correr el riesgo de desestabilizar la economía mundial con el único pretexto de permitir las ganancias de los especuladores.”

Allais no tiene mejor opinión de la Bolsa: “La organización actual de los mercados financieros ha sido concebida únicamente en el interés de quienes utilizan estos instrumentos nuevos. Es una organización fundamentalmente nociva para el conjunto de la economía; es en su esencia desestabilizante; favorece una excesiva volatilidad en los mercados; se presta a toda clase de manipulaciones; genera fraude y es inútilmente costosa.”

“Parece difícil llamar ‘inversores’ a operadores cuya única motivación es especular sobre el comportamiento gregario de la masa de los especuladores. No se trata aquí d decisiones económicas de inversión, sino de puras operaciones especulativas donde solamente los ‘insiders’ pueden ganar.”

[…]

[Sobre el sistema monetario actual Allais opina que] “toda creación monetaria equivale a un impuesto que recae sobre quienes ven sus ingresos disminuidos por el alza de precios que la creación de moneda provoca […] como mínimo el beneficio que genera la creación privada de moneda, que es considerable, debería ser atribuido al Estado, con lo cual podría reducir la cuantía de los impuestos…la creación de moneda debe volver a ser prerrogativa del Estado, sólo del Estado.”

[…]

Estas y otras propuestas, de un economista Nobel, son al mismo tiempo concretamente posibles y sin embargo radicalmente subversivas contra el sistema bancario  y el gran fraude financiero. Si fuesen aplicadas, abolirían de un plumazo la inflación y la creación privada de moneda ex nihilo, de la cual la banca obtiene indebidamente lucro, la especulación financiera, el crecimiento drogado por la multiplicación de pseudocapital, y la carrera ansiosa y perdedora de los trabajadores y los ahorradores contra el aumento del coste de la vida.

Todo esto no es un sueño. Si no es fácil realizarlo no es porque viole alguna ley económica; es porque poderes muy fuertes tienen interés en mantener el sistema vigente, y lo perpetúan.

¿La prueba? El tratado de Maastricht, en el artículo 104, prohíbe expresamente a los países europeos la emisión de moneda central, del Estado, no gravada por intereses. La creación monetaria se reserva exclusivamente a los bancos.

Los bancos en efecto han dictado el tratado de Maastricht; en su exclusivo interés, y no en el nuestro, las burocracias han construido esta Europa.

Pero otra economía es posible. Una economía del pueblo y para el pueblo. El problema no es técnico. Es político. No hace falta más que tomar en mano otra vez la libertad que una vez fue de los europeos, y recuperar la soberanía que fue de los Estados. De aquí, si queremos, comienza la lucha de liberación.

domingo, 8 de julio de 2012

ESCLAVOS DE LOS BANCOS (3)


Cómo devalúan vuestro dinero

Lo que hemos explicado anteriormente no es más que una parte del proceso inflacionario puesto en marcha por los bancos. Porque la banca inflaciona el dinero de manera aún más radical, con su misma existencia.

Para comprenderlo será necesario ilustrar una verdad entre las más disimuladas: hoy la moneda es, esencialmente, deuda.

Cuando necesita dinero, el Estado emite deuda pública: el Estado se compromete a pagar a quien la posee una cierta suma, con un tipo de interés determinado, en una determinada fecha.

Pero estos títulos no son aún dinero, no son todavía euros, o dólares. Pues la facultad de transformar la deuda pública en dinero pertenece al Banco Central [Nota: o los demás bancos que compran la deuda. También particulares pueden hacerlo pero esto no contribuye a la inflación] que compra estos títulos al Estado y los registra como activos.

Son activos porque se considera que el Estado emisor pagará antes o después su deuda. ¿De dónde viene esta confianza en la solvencia del Estado? De que el Estado puede extraer de sus ciudadanos todo el dinero que quiere a través de los impuestos; por tanto en los contribuyentes, en su trabajo y sus ganancias, se basa en definitiva la solvencia del Estado.

El Banco no arriesga entonces prácticamente nada. Registra los títulos de deuda pública como activo que utiliza para abrir un correspondiente pasivo, que es la cuenta abierta a nombre del Estado y de la cual éste puede retirar dinero […] y emitir órdenes de pago para pagar sus gastos.

Esta es la primera hornada de moneda ex nihilo que aumenta la masa monetaria presente en la economía, haciendo aumentar los precios de bienes y servicios. Pero es sólo el principio.

Los suministradores y los dependientes del Estado, en efecto, cuando reciben sus pagos, los depositan en cuentas corrientes. Allí cambian su naturaleza: se convierten en depósitos bancarios.

Doble naturaleza: la banca los registra como pasivos (porque algún día los deberá restituir pagando intereses) pero también como activos con lo cual están disponibles para conceder préstamos a terceros (cobrando intereses mucho mayores de los que paga por los depósitos).

Pero hay más: una vez registrados en los libros, los depósitos cambian de nombre y se convierten en reservas bancarias.

Gracias a este cambio mágico de nombre comienza la fantástica multiplicación de pseudo-capital. El truco se llama en la jerga bancaria (para que los profanos no lo entendamos)  reserva fraccionaria. Un depósito de 100 euros de un cliente es la reserva, que permite al banco prestar hasta 900 euros en total. Esto si el Banco Central ha ordenado a los bancos comerciales mantener reservas del 10% […]

El lector estará algo perplejo: ¿Cómo puede la banca prestar dinero cuando el depositante puede retirarlo en cualquier momento? ¿Cómo puede tener prestado nueve veces más de lo que tiene en caja?

En efecto la banca es radicalmente insolvente. Cuenta con que estadísticamente es muy improbable que todos retiren enteramente sus depósitos al mismo tiempo.

[Nota: es necesario dar aquí alguna explicación adicional porque creo que el texto original de Blondet no detalla este punto suficientemente y es algo confuso. No sé si mi explicación aclara mucho o no pero me parecía necesaria.

El mecanismo de la reserva fraccionaria permite al banco prestar 90 de los 100 euros depositados. Estos 90 euros a su vez serán depositados en el banco –que sea el mismo u otro no es relevante pues todo el sistema bancario está conectado y funciona como un gran banco- y por tanto con estos 90 euros depositados se podrá hacer otro préstamo de 81 manteniendo una reserva de 9 –el 10%-. En principio este proceso puede seguir indefinidamente y –es un ejercicio elemental de matemática- el resultado es una masa de préstamos con un límite teórico de 900 euros por cada 100 euros depositados en los bancos.

Límite teórico que no se alcanza porque no todo el dinero retirado va a parar a otro banco: hay transacciones en forma de billetes y monedas, y además pero el límite teórico se alcanzaría si todas y cada una de las transacciones económicas se realizaran a través del sistema bancario y los bancos consiguieran prestar hasta el máximo que se les permite. Por eso ponen tanto empeño en limitar las transacciones en metálico y obligar cada vez más a que todo pase por los bancos, con la excusa de la lucha contra el reciclaje y el dinero negro.

Es una cadena de préstamos y depósitos; aunque en cada anillo de la cadena el banco no haya prestado más de lo que ha recibido en depósito –ha prestado el 90%- el sistema bancario en su conjunto sí. Visto como un todo, globalmente, el sistema bancario ha recibido 100 euros en depósito y ha prestado –lucrando intereses- 900. Estos 900 euros son los sucesivos depósitos realizados por quienes han recibido los préstamos, es la cantidad total depositada. La insolvencia de los bancos reside en que los depositantes pueden exigir su dinero en cualquier momento y los bancos que han prestado no. Si todos los depositantes quisieran retirar el dinero en un cierto momento, al banco le faltarían estos 900 euros que no tiene en caja, los cuales puede exigir porque los ha prestado, pero no en ese momento, solamente en una fecha futura. De hecho ni siquiera existe todo ese dinero que es puramente virtual.

El mecanismo de la reserva fraccionaria es una pura y simple estafa; un tiempo estaba considerada una práctica ilegítima y era ilegal, pero con el tiempo los banqueros lograron la legalización de sus prácticas fraudulentas.

Finalmente, en todo lo comentado no se consideran los otros usos que los bancos pueden hacer de los depósitos, como realizar operaciones financieras e inversiones arriesgadas, que pueden llevar a un banco a la quiebra más fácilmente que la muy improbable retirada de todos los depósitos.]

Al final del proceso el importe del dinero creado de la nada por la banca será 9 veces el dinero originariamente creado de la nada con la deuda pública […]. Todo este dinero es deuda, una pirámide de deudas apiladas unas sobre otras. Sobre la deuda del Estado –del cual ha sido creada la moneda- se acumula la deuda del circulante de origen bancario.

Ahora se comprenderá mejor la frase de Ezra Pound, profeta duramente castigado por decir su verdad: “un pueblo que no se endeuda provoca la rabia de los usureros”

¿Y quién paga los intereses? Los que el Estado abona por su deuda, los que el deudor abona. Los paga el trabajo. El trabajo de las personas es lo que llena con riqueza real […] el pseudo-capital creado de la nada por los bancos.

[…]

Se dice que la inflación es un impuesto oculto. Ahora podemos añadir: es el impuesto oculto que la banca extrae de nuestro trabajo, que es lo único que crea riqueza real.

[…]

La diferencia y la diversidad sociológica entre siervos y amos nunca ha estado tan claramente delineada. No ha sido nunca tan fuerte en la historia. No en la Edad Media, no en el Imperio Romano, no cuando la moneda era de oro y convertible en oro. Sólo hoy hay verdaderos siervos y verdaderos amos. Quien crea el dinero, con el cual conmina trabajo a todos nosotros, ése es el verdadero amo que nos convierte en siervos.

domingo, 1 de julio de 2012

ESCLAVOS DE LOS BANCOS (2)


[Continuamos con el ciclo "Esclavos de los bancos" de Maurizio Blondet. He intentado resumir -espreo no demasiado mal- el capítulo donde explica el mecanismo de la inflación como consecuencia necesaria del sistema monetario en el cual el dinero es creado por los bancos y prestado a la economía, naturalmente gravado por intereses, lo cual obliga a aumentar cada vez más la cantidad de dinero independientemente del estado d ela economía y por tanto lleva a la inflación]

La fábrica de la inflación

El verdadero culpable de la inflación es el sistema bancario.

Todo comienza cuando ustedes depositan en su cuenta corriente, digamos, cien euros que han ahorrado. Gracias a este depósito el banco puede prestar al industrial que lo necesita mil euros: es el mecanismo de la reserva fraccionaria. El milagro consiste en esto: el banco presta dinero que no tiene, que crea de la nada, y sobre éste obtiene beneficio con los intereses.

El banco puede escribir esos mil euros en sus libros contables como activo, porque genera intereses y un día le serán devueltos. Al mismo tiempo la contabilidad impone registrar un importe idéntico, mil euros, como pasivo. Esto porque la moneda creada de la nada está en circulación y el empresario endeudado emite cheques sobre ese préstamo que serán cobrados: el banco por tanto tiene una deuda potencial igual a su activo. Este pasivo se cubren con los pagos periódicos de los intereses por parte del deudor.

Sucede a veces –todos los días- que el endeudado no pueda pagar, que quiebre o sea insolvente. En ese caso el banco está obligado a registrar el préstamo fallido como pérdidas. No es, digámoslo enseguida, una tragedia: puesto que el 90% del dinero ha sido creado de la nada […] poco valor se ha perdido realmente. Es más que nada una partida de contabilidad.

Pero una pérdida contable es de todos modos mala para el banco, porque el préstamo debe ser sustraído de la columna de activos sin una sustracción correspondiente de los pasivos. El pasivo permanece, la moneda creada sigue circulando, los cheques y las órdenes de pago van llegando aunque el deudor esté en quiebra y el banco tiene el deber de pagarlos.

El único modo de hacerlo es coger el dinero del capital del banco o de sus beneficios. En cualquier caso son los dueños del banco quienes pierden los mil euros. Y para ellos la pérdida es real. Es más, si el banco ha concedido demasiadis préstamos arriesgados y demasiados de sus deudores son insolventes puede suceder que el pasivo sea mayor que el capital invertido por los accionistas en el banco. En ese caso el banco quiebra.

Es un verdadero dolor, para los dueños del banco. Tanto que todo el sistema bancario está diseñado para evitarlo. Los amos no pueden perder. El banco no puede quebrar. Para ello está el Banco Central: prestamista de última instancia, garantiza que ningún banco vaya a la quiebra y sus propietarios no sufran pérdidas. Interviene si aparece este riesgo. Se nos dice: para que los ahorradores no pierdan sus depósitos.

Todo banquero sabe que no se permitirá su quiebra, y por tanto no deberá responder de sus préstamos más arriesgados. Es por ello que los bancos, severísimos cuando se trata de prestar reducidas cantidades al tendero para su negocio o al trabajador para una hipoteca, son tan generosos cuando hay que prestar millones de euros a grandes empresas o al Estado. Si la gran empresa no paga, si un Estado retrasa los pagos, interviene el banco Central para salvar al banquero. Si el obrero tiene dificultades par apagar la hipoteca ninguna intervención pública lo va a socorrer.

De esta manera la banca presta tranquilamente al Estado, a la Parmalat [Nota: uno de los escándalos más importantes de los últimos años en Italia; era una de las empresas más importantes del sector alimentario, que quebró después de una serie de operaciones financieras muy dudosas] aun conociendo su insolvencia. Para comprender el porqué es necesario recordar una cosa: a la banca no le interesa la extinción de la deuda, la restitución plazo a plazo de todo el capital. El 90% de ese capital ha sido creado de la nada y el 10% es dinero vuestro, vuestros depósitos; no es dinero del banco y al banco no le interesa para nada. Cuando un deudor extingue su deuda y restituye el capital, para el banco es un engorro: debe encontrar otro a quien endeudar. Lo importante es que el deudor siga pagando los intereses, si es posible eternamente.

Porque ése es el negocio. Mientras el deudor pague los intereses el banco puede mantener el préstamo que le ha condecido como parte de los activos.

En este sentido el deudor ideal es el Estado. La banca presta al Estado comprando deuda pública […] pero nadie espera que el Estado al vencer el préstamo pague con otra cosa que con la emisión de nueva deuda pública, con vencimiento más lejano en el futuro. Esta es la eterna deuda del Estado […]
Cuando los Estados no consiguen pagar los intereses la banca los socorre en su propio interés […] basta en el fondo que el deudor siga abonando los intereses (no las cuotas de capital) para que siga siendo un activo en las cuentas y continúe a llover el beneficio. ¿Qué no tiene dinero para ello? El banco se ocupa de ello y abre otro préstamo al deudor, creando de la nada el dinero necesario para que pueda continuar pagando. Es el milagroso préstamo-puente, muy practicado con el tercer mundo. El dinero fresco ni siquiera entra en el país; pasa de una partida a otra en el banco acreedor. Milagroso porque el viejo préstamo que ha ido mal se queda en los libros contables como activo, activo que incluso aumenta con el nuevo préstamo y genera ulteriores intereses.

[…]

En una fase ulterior -cuando el deudor está ya con el agua al cuello- se recurre a otro sistema perfectamente experimentado […] los bancos proponen una renegociación de la deuda. Significa que se prolonga en el tiempo. Los intereses se reducen un poco pero se deben pagar durante más años o decenios. La deuda alcanza finalmente el estado de eternidad: el Estado endeudado paga y sigue pagando. En los libros contables se queda el famoso activo.

Pero el juego no puede continuar al infinito […] a un cierto punto el deudor debe aceptar rígidos programas de austeridad para que no derroche el dinero, para que lo haga fructificar y así poder pagar a sus acreedores. Normalmente es el Fondo Monetario Internacional a ejercer esta función como agente de los acreedores: en la práctica el Estado perde su soberanía, lo gobierna el FMI que recorta cualquier programa social –carreteras, hospitales, escuelas- como gastos inútiles, que desvían el dinero del objetivo supremo que es pagar a los acreedores.

Como contrapartida los bancos aceptan generosamente cancelar un parte de la deuda. De otra manera el Estado sería declarado insolvente y la deuda cancelada sería la totalidad. Con este gesto puede continuar el lucro.

[…]

Todo ese dinero mobilizado por las agencias internacionales, ayudas al desarrollo, subsidios directos, importaciones, que termina volviendo a los bancos a medida que el deudor fatigosamente paga, es dinero de los contribuyentes. O peor dinero creado de la nada por los Bancos Centrales. Y a medida que este dinero llega los bancos lo prestan, lo inyectan de nuevo en la economía donde se mezcla con el dinero circulante y diluye su valor.

Llegados a este punto el ama de casa se lamenta porque los precios suben y culpa al vendedor. Pero no es que suban los precios, es que el dólar –o el euro- van perdiendo valor porque hay demasiados en circulación. ¿Y quién los ha puesto en circulación? La banca. La madre de todas las inflaciones.

sábado, 23 de junio de 2012

ESCLAVOS DE LOS BANCOS (1)


[Comienzo una serie de extractos del libro "Esclavos de los bancos" de Maurizio Blondet, autor que ya conocemos y que ha dedicado este libro a la cuestión de la moneda, el sistema bancario y la supremacía de los poderes financieros, en un proceso en curso que cada vez más se revela como la construcción gradual de un poder que aspira a ser mundial, y se configura como un nuevo feudalismo controlado por los mercaderes y creadores del dinero.]

El espejismo de los intereses

El espejismo de los intereses, y en general del lucro en el mundo financiero, es la zanahoria que el sistema bancario pone ante los ojos del asno humano para que siga tirando de la carreta. Es a causa de los intereses que nuestra economía -usurera en su esencia- y las empresas están obligadas a crecer: no para satisfacer las necesidades crecientes de las personas, sino porque las empresas deben ser capaces de pagar los intereses de su deuda. Así prolifera como un cáncer la sociedad del consumo, la publicidad nos empuja a comprar cosas que no necesitamos, nos encandila con objetos que en su mayor parte son espejismos, que los expertos de marketing envuelven en la aureola de los sueños […] Cuando –sucede en los países del bienestar- los seres humanos saturados de mercancías ralentizan las compras, todo el circo mediático y bancario se moviliza para dar el gran anuncio: ¡Id a la Bolsa! !La Bolsa está subiendo!

Y todos a comprar: no mercancías sino valores financieros, acciones y obligaciones. Cuyo precio sube por el solo hecho de que todos los compran.

Se produce así una de las periódicas burbujas financieras especulativas. Se trata de una forma de inflación que no encarece los productos de consumo, sino los trozos de papel que se llaman acciones y obligaciones.

La burbuja especulatica agrava la patología fundamental de la economía post-industrial: la excesiva retribución del capital a expensas del trabajo, de los salarios. El inconveniente de la burbuja no está en conferir un valor exagerado e los trozos de papel, sino en el dinero que mobiliza para su comercio, sustrayendo este dinero al poder adquisitivo de quienes trabajan. Puesto que son también los consumidores esta reducción lleva al cierre de empresas o a su adelgazamiento.

Entre 1921 y 1929 la Bolsa de Nueva York subió un 600% mientras la producción industrial sólo un 30%. Hoy, desde hace decenios vivimos una burbuja similar […] En su conjunto los flujos monetarios entre naciones que son esencialmente especulativos, para la compra de acciones y títulos extranjeros, son más de 40 veces superiores a los flujos justificados por la compraventa de mercancías y servicios […]

La especulación financiera se ve favorecida por los bajos tipos de interés: los bancos retribuyen poco o nada los ahorros, incitando a todos a invertir en la Bolsa  esperando en beneficios que nos protejan de la inflación.

Pero hay que entenderse cuando se habla de intereses bajos. Bajos son los que el banco os paga; pero vosotros pagáis intereses por todas partes y son altísimos. La banca extrae su tributo oculto. Y este tributo es aplastante.

¿No lo creéis? ¿Pensáis que por no haber solicitado una hipoteca o un préstamo no pagáis intereses? Mirad más de cerca.

Cualquier precio tiene una cuota de intereses incorporada. Cada manzana y cada tomate, cada inmueble o bien que compráis, cada servicio que pagáis contiene en su interior la cuota de intereses que el campesino, el fabricante o el suministrador está pagando a su banco por la deuda que ha contraído.

Margrit Kennedy, una economista alemana que intenta pronover las ideas de Gesell [Nota: economista herético alemán (1862-1930) que desarrolló la idea de la “moneda perecedera”] ha intentado calcular el peso de estos intereses en los precios más comunes […]

“En conjunto”, comenta Magrit, “sobre los precios de todos los bienes y servicios que adquirimos el 50% del precio está formado por intereses. En el Medioevo el pueblo pagaba ‘la décima’ de sus ingresos al señor feudal; hoy nosotros le damos la mitad de lo que gastamos a los señores que poseen el capital” […]

Otro grave fenómeno inducido por el mecanismo de los intereses, de la retribución del capital, es la inflación. La inflación continua que erosiona los ahorros se nos presenta como un fenómeno natural. En cambio es el resultado del endeudamiento colosal, respecto a sus ingresos, de individuos y sobre todo de entes, empresas y Estados. Este endeudamiento de personas físicas y jurídicas insolventes es fomentado deliberadamente por los bancos […] Obviamente el mayor deudor, en el que la diferencia entre ingresos y gastos es más astronómica, es el Estado. Que dispone de un medio fácil -una fácil tentación- paga pagar lo que no puede permitirse: imprimir dinero, como se suele decir.

Pero no es esto lo que sucede. No es el Estado quien emite moneda. Esta prerrogativa, el soberano poder de emisión, ¿no se le ha quitado al Estado?¿No es por esto que existe el banco central indepeniente del poder político, para impedir que el Estado se comporte como un demagogo derrochador? ¿No ha sido esta soberanía secuestrada de una vez por todas por serios, graves banqueros, preocupados por el bien de la colectividad, cuyo objetivo declarado es la estabilidad monetaria?

¿Y entonces porqué la inflación?¿Por qué se encarecen las hortalizas y la leche?

sábado, 16 de junio de 2012

LA RAZA ENEMIGA

[Volvemos a publicar un escrito de Massimo Fini, autor que ya conocemos. Artículos como éste, a pesar de adolecer del oscuro fondo de pesimismo del autor, constituyen un excelente antídoto al lavado de cerebro feminista, a la idealización de la mujer que tanto desarma a los varones y al opresivo conformismo de la corrección política hoy dominante] 

MUJERES (Primera Parte)

Mujeres, el problema insoluble. “Il Fatto”,  27-03-2010

Las mujeres son una raza enemiga. Haría falta comprenderlo enseguida. En cambio hace falta para ello toda una vida y lo entendemos cuando ya es inútil. Disfrazadas de “sexo débil” son en realidad el sexo fuerte. Físicamente preparadas para el parto, son mucho más robustas que el hombre y viven seis años más, aunque se jubilan antes. Tienen la lengua bífida.  El hombre es directo, la mujer oblicua. El hombre es lineal, la mujer serpentina. Para el hombre la línea más breve que une dos puntos es la recta, para la mujer el arabesco. Ella es insondable, escurridiza, imprevisible. Comparado con ella el varón es un infante a quien, en igualdad de condiciones, ella maneja como quiere. Y si a pesar de todo se encuentra en dificultades, entonces están las lágrimas, eterno e inigualable instrumento de seducción, de engaño y de chantaje femenino. Al primer sollozo se debería sacar la pistola en vez de rendirse sin condiciones como solemos hacer.

Han fundado su poder sobre el sexo, asignándose a sí mismas la parte de la oferta y dejándonos a nosotros la de la demanda, aunque mirando bien las cosas, le interesa y le gusta a ella mucho más que a él. Su placer -cuando las cosas funcionan- es total, el nuestro sólo sectorial, al límite mental («Tienen siempre algo que ganar con esa boca pelosa», escribía Sartre). La mujer es bacante, orgiástica, dionisíaca, caótica, para ella ninguna regla, ningún principio puede valer más que un instinto vital. Por tanto no se puede mínimamente depositar confianza en ella. Por esto durante siglos o milenios el hombre ha intentado reglamentarla, ceñirla, limitarla, porque ninguna sociedad bien regulada puede basarse en el azar femenino. Pero ahora que finalmente se han «liberado» se han vuelto verdaderamente insoportables. Son burocráticas, puntillosas en cada uno de sus pretendidos derechos y un poco mezquinas. Han perdido, por una carrera de secretaria, cualquier feminidad, cualquier dulzura, cualquier instinto materno hacia el marido o compañero, y a menudo también hacia los hijos cuando se dignan tenerlos. No paran de lagrimear todo el tiempo sobre su condición de inferioridad y sin embargo rebosan de privilegios, comenzando con el derecho de familia que, en el 95% de los casos, les asigna los hijos y la casa, mientras sólo el marido puede ser arrojado a la calle de la noche a la mañana. Y pretenden de él, que apenas puede permitirse un cuchitril en un barrio dormitorio, el mismo nivel de vida de antes.

No hacen más que provocar, meneando el culo en bikini, en tanga, en mini, pero si en el trabajo les haces una inocente caricia en los cabellos ya son molestias sexuales, si después de que te ha dado su móvil la llamas un par de veces ya es acoso, si por la calle, viéndola pasar con aires imperiales, le lanzas un silbido, algo por lo que deberían estar contentas y que echarán de menos cuando deje de suceder, estamos ya en los límites de la violación. Basta. Mejor la satisfacción solitaria detrás de un arbusto.


MUJERES (Segunda Parte)

Vivan las mujeres "Il Fatto", 03-04-2010

[Respuesta a cartas de varias lectoras]

He escrito que las mujeres “son una raza enemiga”. Nunca me ha pasado por la cabeza decir que son inferiores a alguien. Si la lectora que me ha escrito hubiese leído mi artículo con “un mínimo de cerebro” habría entendido que, al contrario, considero la mujer, o mejor: la hembra, mucho más vital que el macho. Ella es quien procrea, la protagonista del gran juego de la vida (el real, no el virtual) mientras el varón es un  zángano melancólico que va de paso, animado por un oscuro instinto de muerte ("La mujer es bacante, orgiástica, dionisíaca, caótica, para ella ninguna regla, ningún principio puede valer más que un instinto vital”). La mujer es la vida, el hombre es la ley, la regla, el rigor, la muerte (el contraste entre Antígona y Cleonte en Sófocles). No es casualidad que en la tradición cabalística y también en Platón, cuando el Ser Primordial, tras la caída, se divide en dos, la Mujer se defina como “La Vida” o “La Viviente” mientras que el hombre sea aquel che “es excluido del Árbol de la Vida”.

Es para llenar este vacío, para compensar esta impotencia procreativa (la “envidia del pene” es una tontería freudiana) que el hombre se ha inventado de todo, la literatura, la filosofia, la ciencia, el derecho, el juego con reglas y el Juego de los Juegos, la guerra, que sin embargo hoy en día ha perdido casi toda su fascinación,  porque está cada vez más confiada a las máquinas y porque aquí también han querido entrar las pequeñas gilipollas que pretenden ser soldados o quieren hacer, con su foulard al cuello, de corresponsales de guerra (Quedaos en casa, cretinas, y criad niños. El interés de la mujer por la guerra es una perversión de los instintos. La mujer, que da la vida, no ha amado nunca este juego de muerte. Pero hoy en día las cosas así están: las más rabiosamente belicosas en estos últimos años han sido Madeleine Albright, Emma Bonino [Nota: política italiana ferozmente pro-americana y pro-sionista] y esa pseudomujer y pseudonegra de Condoleeza Rice).

La curiosidad forma también parte de la vitalidad de la mujer. Que puede tener consecuencias catastróficas. ¿Pero es posible que con todas las manzanas que había ella haya tenido que comerse justamente la que Dios Nuestro Señor había prohibido? (desde ese momento han comenzado todos nuestros problemas). De todos modos es verdad que desde que se han “liberado” se han uniformado a lo masculino, convirtiéndose en una parodia, y además de la feminidad han perdido también su flor más falsa y más hermosa, el pudor, por el que valía la pena cortejarlas. Han perdido la sabiduría de sus abuelas a las que les bastaba con dejar entrever el tobillo. Vestíos, tontitas. Al hombre no le interesa vuestra desnudez, sino desenvolver, lentamente, el inquietante y coloreado caramelo, aunque al final se encuentre siempre la habitual, decepcionante cosa.

Una lectora habla de Lisístrata, pero su huelga del sexo fracasó completamente. Porque las esposas de los guerreros siguieron con sus labores domésticas. Ser cuidados sin tener ni siquiera la obligación de follárselas: el Edén redescubierto. Además todo hombre bien nacido, de frente a la elección entre la mujer y la guerra no tiene la menor duda: elige la guerra (e incluso el fútbol, que es una metáfora de la guerra).

Otra lectora me confunde con esos nueve millones de hombres en Italia que –dice- van de putas. Puedo tranquilizarla; en mi “Di(ccion)ario erótico – Manual contra la mujer a favor de la fémina” he escrito que “Pagar una mujer para hacer el amor: ¿Hay algo más insensato? ¿Cómo es esto, yo tengo que pasar por la fatiga de follarte y además te tengo que pagar? ¿Nos hemos vuelto locos?”. 

En fin, en mi vida he conocido muchas mujeres inteligentes, irónicas y también autoirónicas. Pero nunca una que no fuera susceptible. Como demuestra la avalancha de insultos que me han caído encima tras el artículo de la semana pasada.