"Hubo un tiempo en que el pensamiento era divino, luego se hizo hombre, y ahora se ha hecho plebe. Un siglo más de lectores y el Espíritu se pudrirá, apestará"

Friedrich Nietzsche

jueves, 25 de abril de 2013

LA SOCIEDAD SIN PADRE (I): La huella del padre



Fragmento del Capítulo 1 de “El padre, el ausente inaceptable” de Claudio Risé

[En el primer capítulo de su libro, Risé enseguida precisa el papel esencial de la figura paterna en la formación del ser humano. Bastan los breves extractos que aquí traduzco para tener una primera medida de la miseria de la ideología antipaterna y de la pedagogía antiautoritaria estrechamente ligada a ésta, así como de los daños inmensos que tales ideas están haciendo. En efecto la demagogia progresista sigue ignorando, por motivos ideológicos, las experiencias que indican los enormes daños producidos por la pedagogía antiautoritaria y lamentablemente la educación hoy en día, y muy especialmente en nuestro país, sigue basándose en gran medida en estas ideas fracasadas y demostradamente dañinas.]


La huella del padre

¿Cuál es la huella, la marca del padre? ¿Qué le falta al hijo que no ha vivido su presencia? […] ¿Qué es lo que hace profundamente distinto a quien ha recibido ese signo, que en él se ha imprimido, respecto al hijo al que esta experiencia le falta?

La huella del padre es la de la herida. El dolor, el golpe producido por la pérdida. El escenario que lo expresa de manera completa, para todo individuo, para todos los tiempos, es el evento que se produce en el Gólgota: el hijo que es herido, en el nombre del Padre. El padre te conduce a la herida, te inicia en el sentido del dolor […]

El padre enseña que la vida no es sólo satisfacción, aprobación, ser tranquilizado, sino también pérdida, privación, fatiga. Las experiencias más profundas, empezando por el amor, tienen su origen y toman forma justamente partiendo de esa pérdida. En la vida del hombre, el padre transmite la enseñanza de la herida porque su función primaria psicológica y simbólica es la de organizar, dar un objetivo, a la materia en la cual el hijo ha permanecido inmerso durante la relación primaria con la madre, que por sí misma tendería simplemente a la continuación de la situación existente. Por esto el padrre inflige la primera herida, afectiva y psicológica, interrumpiendo la simbiosis con la madre […] Quien ha recibido el signo del padre lleva en su organismo psicofísico la marca de la pérdida, como herida profunda, bien visible aunque esté cicatrizada. Este golpe, doloroso, hace a quien lo recibe más fuerte: cuando la pérdida llegue, experiencia no evitable en la vida humana, no lo destruirá psicológicamente y espiritualmente. Al contrario, sabrá extraer de ello el jugo más precioso: el amor. Amor por sí mismo, amor por los demás: ambos de templan en la experiencia de la pérdida, no en la vanidad del éxito, y tampoco en la ilusoria seguridad de la posesión. […]

El hijo que no ha recibido la enseñanza paterna, por ejemplo porque el padre, como tantos hombres hoy en día, no quería saber nada de heridas […] no siente nada. En él no se enciende jamás la conciencia de ningún dolor, si acaso sustituido por una sorda, a veces oculta, depresión. Este hombre que se cree sin heridas, de plástico como el juguete Big Jim, el hombre moderno, que no ha contemplado nunca el misterio de la Pasión, no puede ser a su vez, profundamente, padre.

La primera herida, que el padre trae consigo, y provoca en el hijo, es la separación de la simbiosis con la madre. El hijo vive en una fusión con la madre desde el momento de la concepción. Antes del nacimiento la simbiosis es completa: se encuetra en el cuerpo de la madre y vive a través de sus órganos. A partir de un cierto momento, sin embargo, la misma psique del niño comienza a sentir esta simbiosis total como sofocante y anti-vital. Entonces empieza el proceso de salida del cuerpo materno, que culmina con el momento del nacimiento. Sin embargo el primer llanto sanciona solamente el fin en el aspecto corporal, y sólo parcialmente (el niño por ejemplo debe seguir alimentándose del cuerpo de la madre, con la leche materna) de la simbiosis madre-hijo. Es necesario que esta unión vital continúe, de la manera más plena posible, aún por mucho tiempo: plenamente hasta los tres años, de manera menos completa hasta los cinco, para ser ulteriormente reducida hasta los siete. Durante todos estos años, el primer septenio, la aportación de la madre a la existencia, y a la misma formación psicológica del niño, es decisiva. En la relación con la madre aprende a percibir el propio cuerpo, y a sí mismo como ser diferenciado […] Además, del calor y del afecto que la madre siente por el hijo, y expresa a través de la mirada y las caricias, en breve de cada gesto materno, dependerá después el amor que el hijo sentirá por sí mismo, su capacidad de cuidar de sí mismo, de “quererse bien”. Por tanto, también la capacidad de amar realmente a los demás, que siempre se basa en esta experiencia primaria de un tranquilo amor por sí mismo. Es la simbiosis madre-hijo, su centralidad en la vida del individuo, lo que hace de la presencia, posiblemente feliz, de la madre en los primeros años de vida un pilar de la existencia individual. Por la misma razón, la prolongada o frecuente ausencia de la madre en la relación con el hijo en esos años decisivos, hoy impuesta a menudo por las reglas y las costumbres de la sociedad occidental postindustrial, produce después una serie de daños constantemente observados en la experiencia clínica. Desde una carente percepción de sí mismo como sujeto autónomo, a la falta de amor por sí mismo, a un general debilitamiento del instinto vital, al desprecio por el propio cuerpo y por el alimento destinado a mantenerlo en vida, etcétera.

El enorme significado de la prolongada simbiosis con la madre, en la vida del individuo, es lo que hace tan importante su terminación, decisiva la manera y los tiempos en que tiene lugar. Si la separación no se realiza correctamente, el individuo corre el riesgo de ser durante toda su vida un infante que llora por el objeto amado del cual ha sido separado, y busca en una estéril petición narcisista su mirada de aprobación.

[…] La ruptura, también simbólica, de la unión que funde el niño con la madre ha sido siempre considerada un momento decisivo. Un episodio que al mismo tiempo funda la “nueva” personalidad adulta del individuo que abandona la infancia y junto a ello “refunda” la misma sociedad en la que está destinado a participar, gracias a las fuerzas nuevas que el adepto aporta al grupo. […]

Ser arrancados de los brazos de la madre, como ciertos pueblos tradicionales representan sus ritos iniciáticos, es ya (antes de cualquier otra herida, que normalmente sigue a ese primer gesto) un dolor, y una pérdida decisiva. Sobre ese dolor, y sobre esa pérdida, durante milenios han sido edificadas tanto la personalidad adulta de quien la vivía como la sociedad de la que los “iniciados” entraban a formar parte. La capacidad de soportar todos los dolores sucesivos, y las pérdidas, se fundaba, para estos individuos que se encaminaban a la edad adulta, sobre esta primera herida, sobre este primer dolor, que los transformaba, convirtiendo a los hijos en hombres y en futuros padres.

La sociedad occidental ha decicido, por primera vez en la historia del mundo, prescindir de iniciaciones. Se quiere crecer sin heridas, sin pérdidas […] Desde el punto de vista psicológico el precio pagado por el rechazo a  la separación del hijo, que debe realizar el padre, y su elevación hacia el cielo [como en aquellos ritos de iniciación] es la renuncia a una sociedad de adultos. Hombres y mujeres no son más que “eternos muchachos” y permanecen toda su vida en el plano horizontal de la necesidad, prisioneros de una continua infancia, fatalmente marcada por la depresión, y por la neurosis que castiga toda infracción a las leyes de la naturaleza. […]


El padre y la renuncia a la omnipotencia

EL niño que entra en la relación con el padre, con el hombre adulto, portador de la norma, experimenta que no es omnipotente, que está vinculado por unas reglas, a veces penosas, que debe respetar. Esta aceptación, dolorosa, sin embargo libera del ansia. Cualquier psicólogo, y cualquier educador, conoce bien el ansia característica del niño mimado, al que se le ha intentado evitar la experiencia del límite, de la prohibición, de la regla. El niño se vuelve cada vez más rebelde, hasta desafiar incesantemente el mundo de los adultos y de la autoridad. Aparentemente lo hace por descaro y prepotencia. A un nivel más profundo, en realidad, busca desesperadamente recibir una contención, un freno, una norma. Necesita que le digan: “Esto no debes hacerlo”, y busca por todos los medios satisfacer su necesidad de una Ley.

Una experiencia de esta instintiva búsqueda de la norma se pudo observar, a menudo con sorpresa por parte de los responsables, en muchos de aquellos “jardines de infancia antiautoritarios” que florecieron, sobre todo en las metrópolis, en los años alrededor del 1968, como parte de la búsqueda política y social de la época. Partiendo de la hipótesis de que toda represión era “castrante”, inútil y dañina, se intentó poner a los niños en condiciones de absoluta libertad. Los comportamientos que se manifestaron entre los pequeños fueron esencialmente dos.

En el mejor de los casos se observó una especie de general depresión: sin normas, el niño no sabía qué hacer, incluso jugar se volvía difícil. Los niños solicitaban directivas, estímulos, órdenes, prohibiciones.

A menudo, sin embargo, donde el principio del “antiautoritarismo” fue aplicado de manera más radical, coherente a su manera, fue constatado en los niños (que normalmente entraban a partir de un año y medio de edad) una regresión hacia una especie de marasmo psicótico, un deslizamiento hacia niveles de total desorganización psicofísica, lo que convenció a los operadores mas responsables a abandonar el método, o a cerrar la escuela. Aquella experiencia tuvo por lo menos el mérito de una experimentacion radical, que demostró claramente la impracticabilidad pedagógica del método antiautoritario. El principo de autoridad es constitutivo de la personalidad, y una condición para su desarrollo.

La sociedad que continuó tras el ’68 es la misma que lo había precedido, contra cuya hipocresía el movimiento confusamente intentaba  reaccionar. Es la sociedad de la ausencia del padre, esto es de la ausencia de la norma moral, progresivamente sustituida por la multiplicación de los dispositivos judiciales, y de los reglamentos burocráticos. En esta sociedad, el límite que el niño espera no se imparte nunca claramente, francamente. El ansia del niño crece entonces hasta alcanzar niveles muy peligrosos.

También es esta ansia, que tiene su origen en una petición no satisfecha de normas, la que genera el famoso ADHD, el síndrome de invención americana llamado “desorden de atención por hiperactividad” (Attention Deficit Hyperactivity Disorder). En todo el mundo occidental, pero especialmente en Estados Unidos, se cura con el estimulante Ritalin (un metilfenidato, que es una anfetamina, del tipo de las “prohibidas” a los chavales en la discoteca), y con el antidepresivo Prozac, producidos por dos de las más potentes multinacionales del sector. Hasta hace pocos años el ADHD parecía estar difundido sólo en EEUU, mientras en Europa de frente a estas manifestaciones infantiles aún había maestros dispuestos a recurrir a los tradicionales métodos disciplinarios, que infligían “heridas” narcisistas las cuales absorbian, cicatrizándose, las energías en exceso, y aplacaban el ansia, a través de la contención normativa. En los últimos años, en cambio, con los eslóganes de la political correctness penetrados también en la pedagogía, y el creciente descrédito de la intervención disciplinaria (más gravoso para el educador, y para los padres que deben confirmarlo en casa), el síndrome “desorden de atención por hiperactividad” se ha difundido fuertemente también en Europa y en Italia, así como el uso de las relativas drogas químicas para hacerle frente.

Un aspecto trágico de esta tendencia es que en muchos de estos casos, apresuradamente clasificados como ADHD, la falta de normas ha provocado en el individuo niveles de ansia y tan elevados, una falta de autoestima tal (además de carencias culturales importantes) que no han permitido la constitución de un sujeto que pueda afrontar la relación psicoterapéutica, y tampoco las relaciones en la vida cotidiana. No habiendo un sujeto, ya no es posible tampoco la relación, y el recurso a los fármacos, para contener los comportamientos más destructivos, se hace entonces gradualmente inevitable. Tales desastres son causados, sin embargo, en la grandísima mayoría de los casos, por la falta de contención y direcciones formativas fundamentales en la experiencia afectiva y educativa del niño.

La ausencia de la experiencia de la pérdida genera en efecto ansia.

Mientras en cambio es precisamente el conocimiento, la vivencia consciente de la pérdida, lo que quita cualquier temor, y finalmente solvit metus [disuelve la ansiedad]. Es justamente la conciencia de lo “perdido” para siempre, que en la vida humana está representado por la unidad omnipotente madre-hijo, lo que libera de toda ansia de omnipotencia. Y hoy en día, también de inmortalidad. Delirio angustioso el de la muerte aplazada para siempre, cada vez más frecuente hoy, y en línea con el estilo de la cultura dominante, con sus pretensiones paranoicas de decidir sobre la vida y la muerte. […]

martes, 23 de abril de 2013

CLAUDIO RISÈ: Presentación



En esta breve nota y en los próximos textos de El Velo Rasgado deseo dar a conocer el autor italiano Claudio Risè, que ha escrito numerosos libros y artículos sobre la psicología masculina y la paternidad. En particular ha estudiado profundamente la figura del padre desde el punto de vista de la psicología del profundo, su significado para el crecimiento individual, su importancia para la sociedad. Naturalmente en su obra ocupa un importante espacio la denuncia del orientamento antipaterno y antimasculino de la sociedad actual.



Risé es profesor universitario y escritor, así como psicoanalista de la escuela de Jung. Es también animador e inspirador del movimiento italiano masculinista Maschi Selvatici…que no quiere decir Machos Salvajes sino más bien Varones Silvestres, aunque debo admitir que esto también suena un poco raro en español. Además de la rica página web, Maschi Selvatici organiza encuentros y varias otras actividades a lo largo del año.







Un enlace con algunos artículos de Maschi Selvatici traducidos al inglés







Entre los escritos de Risé destaca el libro “El padre, el ausente inaceptable” en el que son tratados en detalle y con rigor los temas relativos a la paternidad.




Comienza analizando el significado profundo y la mision psicológico-simbólica del padre (Cap.1 “La huella del padre”) así como la relación entre el padre, la religión, la aspiración a la trascendencia y al superamenteo del materialismo (Cap.2 “El padre y Dios”). Pasa a ocuparse de la hostilidad creciente de la cultura occidental contra el padre (Cap. 3 “El Occidente de aleja del padre), cuyos orígenes traza desde la Revolución Francesa e incluso la Reforme de Lutero, la actual, paroxística guerra contra el padre, y la mafia que vive de la destrucción de las familias y la expulsión del padre (Cap. 4 “La fábrica de los divorcios”), mafia infame y criminal gestionada por el feminismo, implantada en Estados Unidos desde hace muchos años y más recientemente en España, como bien y desgraciadamente conocemos. El libro continúa con un estudio de los daños producidos por la ausencia del padre (Cap. 5 “patología de la sociedad sin padre”), relaciona la eliminación de la figura paterna con una gran variedad de taras y desórdenes psicológicos en la sociedad actual, como infantilización, fragilidad, explosiones de violencia “inexplicables” y regresión psíquica generalizada. Después (Capítulo 6 “La remoción de la muerte en la sociedad del ‘padre eliminable’) trata de esa obsesión insana de nuestra sociedad por ignorar la muerte, eliminarla de nuestra conciencia y de la vida, que también tiene relacion con la pérdida del padre. Y finalmente (Capítulo 7 ”El mundo que cambia, del padre eliminable al padre responsable”) se ocupa de las reacciones que empiezan a tener lugar contra esta situación, por parte de las nuevas generaciones víctimas de la devastación provocada por la ideología antipaterna.




Libro excelente en todos los aspectos y absolutamente recomendable, es un duro acto de acusación contra todas las fuerzas que quieren destruir la figura del padre, fuerzas que han hecho y están haciendo un daño inmenso a la sociedad. Pero no es sólo un libro polémico y menos pesimista, al contrario su principal interés es propositivo, sugestivo y movilizante para cualquier padre o quien vaya a serlo, desorientado en esta sociedad que le es hostil, intoxicado por la propaganda antipaterna y la basura de expertos que no son más que los tontos útiles del feminismo, o expertas cuya intención es falsificar la verdad y denigrar la paternidad. Entre tanto mentecato que se llama a sí mismo psicólogo es un placer leer a este autor; entre tanto lavado de cerebro y propaganda ideológica sus escritos son un antídoto potentísimo y unas pepitas de verdad, comparables a pepitas de oro en el océano de inmundicia y estiércol de la cultura actual; como todas las pepitas valiosas son difíciles de encontrar pero una vez encontradas relucen de manera inconfundible.



Esta obra está disponible también en español, por lo cual me limitaré a poner unos pocos extractos para ilustrar su contenido y –espero- animar al lector a adquirirlo.







Este libro por un lado ayudará al lector a ser un padre más completo y verdadero. Por otro lado le hará comprender en toda su profundidad lo miserable y mezquina que es la ideología antipaterna y quienes la promueven, así como el carácter enfermo e insano de una sociedad sin padres.




Sin más que añadir procedo a publicar en los próximos días la pequeña selección de textos tomados de “El padre, el ausente inaceptable”. Este viernes el primero y los otros a lo largo de la próxima semana.

viernes, 5 de abril de 2013

LAS FAMILIAS ARCOIRIS





[Este artículo de Piero Sella fue publicado en el número 71 de la revista italiana L'Uomo Libero. Trata de la campaña de las lobbies homosexuales para imponer sus objetivos en la legislación y la sociedad, en particular para que sus aberrantes familias alternativas sean aceptadas. Este articulo fue escrito en el año 2011, y desde entonces hemos podido observar cómo la situación se ha ido degradando con el tiempo; en la misma Italia, más ‘atrasada’ que España en este sendero del abominio, lentamente se imponen estas aberrantes situaciones y se llega a eliminar la fiesta del padre en ciertas escuelas ante la presencia de niños con dos mamás. Este y análogos hechos demuestran, como he escrito repetidas veces, que aceptar la anormalidad y la aberración lleva fatalmente a la prevaricación, a que los desviados impongan su ley y no dejen vivir a los demás; no pueden dejar vivir a los demás porque la normalidad les recuerda de manera inevitable, fatal, que ellos son los desviados.]



LAS FAMILIAS ARCO IRIS


En un país que ha perdido hasta el último vestigio de su soberanía y es prisionero de estructuras políticas, militares y económicas (la Unión Europea, la Otan, los Bancos Centrales) en las que no tiene ningun peso, es lógico que tambien las costumbres tengan que seguir el camino trazado por otros: es el demencial, insano proyecto de transformar el hombre en algo inedito, en el homo democraticus.



En este contexto crece constantemente la presión mediática para delinear los nuevos, revolucionarios objetivos. Y he aquí, en los programas de entretenimiento televisivo – especialmente los dominicales que garantizan la mayor audiencia – el gran espacio dedicado a cuestiones relativas a los aspectos más escabrosos de la sexualidad.



En tales ocasiones se centra la atención en personajes que se declaran atraídos indiferentemente por hombres o por mujeres, o que narran, distendidos y alegres, las circunstancias de su salida del armario, la manera en que han puesto al corriente su propia familia acerca de su homosexualidad. Se presentan también padres que, años después de la revelación, se declaran arrepentidos por habérselo tomado de mala manera en un primer momento. La progresiva degradación cualitativa de la televisión – pública y privada – ofrece a las vanguardias de la revolución un buen trampolín de lanzamiento. Les permite salir del aislamiento, gozar de una atmósfera de complicidad garantizada por los presentadores y los cazurros aplausos del público convocado, y sacar provecho de la sociedad democrática – un organismo privado de anticuerpos – que deja libertad de movimiento a la lobby para una drástica, radical inversión de los valores.



La presión mediática es por tanto la brecha a través de la cual los homosexuales, una congregación potentísima y ramificada, se abren camino y operan para ver concretemente reconocidos por la ley sus propios objetivos contra natura. Que detrás de las citadas transmisiones esté el deliberado intento de subvertir la vigente legislación familiar sustituyéndola con los modelos occidentales más avanzados, lo han demostrado dos parejas de homosexuales, una de hombres, otra de mujeres, huéspedes en un plató televisivo hace pocas semanas.



Los cuatro forman parte de Familias Arcoiris, Asociación de padres homosexuales (www.famigliearcobaleno.org). La asociación se propone obviamente favorecer la “paternidad” y “maternidad” de sus miembros. ¿De qué manera? Cualquier solución es tomada en consideración con tal de que excluya el horror de una procreación normal, la que vige desde siempre entre un hombre y una mujer.



Pero es oportuno, llegados aquí, resumir lo que las mismas parejas han contado a los telespectadores.



Los dos “hombres” han alquilado en Estados Unidos un útero en el cual ha sido implantado un óvulo para este fin adquirido y fecundado. La operación, repetida dos veces, ha tenido éxito y así hoy los dos “esposos” pueden vivir con dos niños que les llaman papás.



Presentadora y público intervenían inconscientes y alegres. No lograban evidentemente imaginar el desconcierto de los dos pequeños que no tienen una madre, viven con dos maricones y, para no ser escarnecidos por sus compañeros, están obligados a ir a una costosa escuela privada. En ella el personal ha sido instruido para seguir el juego y reducir al mínimo sus traumas. ¿Qué futuro familiar y social podrán tener los dos desgraciados?



Las dos “mujeres” – una extranjera, americana y judía, el “hombre”, la otra más joven, italiana – “han tenido” de esta última un niño, con el que viven y que llama a ambas “mamá”. Sería cruel explicarle al pequeño que mamá tiene sólo una, pero es lesbiana y vive con una amante de su mismo sexo.



Notemos antes de nada que la ley italiana no reconoce y no tutela convivencias y arreglos familiares de este tipo.



Los casos ilustrados, orgullo de Familias Arcoiris, han podido verificarse sólo violando la ley y con la ayuda de organizaciones políticamente afines, que ponen a disposición clínicas y médicos.



¿Cómo puede permitirse libertad de acción para asociaciones que tienen como objetivo declarado la propaganda de comportamientos contrarios a al normativa vigente y que sugieren descaradamente la manera de evadirla, proporcionando a tal fin consejos e indicaciones?



No nos interesan las relaciones interpersonales que ligan entre sí a los homosexuales, pero es intolerable que esta gente, aprovechando de manera distorsionada del progreso científico, pueda jugar con la vida, arrastrando menores inocentes en la obsesiva, turbia atmósfera de malestar en que ellos viven.


La magistratura, que hasta la fecha ha correctamente rechazado, según el espíritu de la ley, todos los ataques contra la familia tradicional, debería ampliar su radio de acción. La peligrosa difusión de estos comportamientos subversivos, la gravedad de las violaciones cometidas, las ramificadas complicidades configuran más allá de toda duda el delito de asociación con fines delictivos. Una acción exenta de remilgos debería en primer lugar negar cualquier reconocimiento en nuestro país a las situaciones fruto del delito. Los menores que han sido introducidos en Italia por “familias arcoiris” deberían ser sustraídos a la patria potestad de aquellos individuos que han demostrado claramente ser no aptos para ejercitarla.



En espera de que la ley decida sobre ellos, estos menores deberían considerarse como “cuerpo del delito” y ser alejados de la “familia arcoiris” en la que han tenido la mala suerte de caer. Prescindiendo de la pesada herencia genética que pesa sobre sus espaldas, creeemos que crecer en un orfanato sea de todos modos bastante más educativo que vivir con dos padres del mismo sexo.



*   *   *



Mayor atención se debería prestar también a las adopciones. Se hacen cada vez más insistentes las presiones para conceder también a los singles la posibilidad de adoptar. Se trata de una abertura por la cual hordas de pederastas impacientes esperan penetrar.



Los menores a adoptar además, son hoy considerados únicamente como sujetos pasivos, y no se les involucra en las indagaciones habituales que se limitan a establecer la idoneidad de quien los adopta. Sería en cambio deseable que psicólogos encargados por los tribunales se encontrasen con los menores, para comprender e informar sobre los límites de su disponibilidad. También en el caso de que la familia adoptiva tenga ya hijos, para impedir que el egoísmo altruista de los padres pueda desbordar en la imposición a los hijos naturales de hermanos no deseados y por tanto incompatibles.



La existencia de la globalización sugiere ulteriores cautelas. Los prejuicios antiracistas pueden tener consecuencias devastantes. Una cosa es la tolerancia; otra es imponer por ley un único modelo de sensibilidad etica y estética. Pensad a los traumas personales y sociales de un niño blanco adoptado por una pareja de negros ricos, o en una familia donde el padre y la madre adoptivos tengan un color de piel diferente.



*   *   *



Se podrá objetar que lo que defiende “Familias Arcoiris”no desentona mucho en el panorama de una sociedad que ya parece haber digerido casi todo.



Lo que molesta es sin embargo la insistencia en querer teorizar la legimitidad de ciertos comportamientos, predicar su difusión, las presiones para adaptar a ello la legislación vigente. Preferimos los “pecadores” que actúan individualmente, que no hacen cruzadas, que no se comportan como misioneros y se conforman con que les dejen en paz.



La gente ha comprendido esta diferencia y se ríe cuando Vendola dice que, por sus relaciones femeninas, Berlusconi es la vergüenza de Italia.



Piero Sella




"El homosexual, cuando es un ‘verdadero’ homosexual, no tiene interés en construir la sociedad pues él mismo, lo reconozca o menos, vive con ansia su propia condición y ve en la sociedad a su enemigo. La sociedad, en efecto, es tal solamente si está al servicio del grupo, si garantiza la continuacion de la vida del grupo, y el individuo, cualquier que sea su manera de vivir, no está nunca del todo separado.”



“El homosexual al poder codifica y simboliza el fin de la sociedad.”



Ida Magli, antropóloga, en “Il mulino di Ofelia, 2007”

domingo, 3 de marzo de 2013

DINERO (9): El dinero como finalidad y el fin del dinero



[Con esta entrada se concluye el ciclo de textos dedicado al dinero, extraídos de la obra "El dinero, estiércol del demonio", libro de gran valor en el que Fini profundiza en el origen y el significado del fenómeno dinero. He intentado dar una visión general de su trabajo en este breve ciclo y el texto aquí traducido consiste en la mayor parte del último capítulo de la obra, en que el autor resume sus conclusiones. Desde la próxima semana se pasará a nuevos temas y autores, aunque seguirán apareciendo ocasionalmente textos de Massimo Fini.]






La capacidad del dinero de crecer como un tumor sobre el cuerpo que le ha dado vida hasta invadirlo completamente, de sofocarlo y destruirlo, deriva de su naturaleza exquisitamente tautológica, de su capacidad de autoalimentarse, convirtiéndose así en un fin, el fin último, sin otros fines fuera de sí mismo. Y puesto que el dinero es un saco vacío, una pura Nada, sus finalidades nunca tienen fin, se coloca en un futuro inalcanzable, arrastrando consigo, en esta carrera hacia la nada, al hombre.

La tautología es particularmente evidente en el mecanismo financiero, en el dinero que compra dinero […] El entero circuito del crédito esta asumiendo este carácter tautológico. Créditos enormes que se han vuelto irrecuperables se pagan, cada vez más a menudo, abriendo nuevas líneas de crédito al deudor. Es decir, el acreedor paga al deudor para que le pague a su vez. Satisface la promesa de pago que posee con otra […]

Todo el sistema financiero y crediticio se debe autoalimentar incesantemente para no colapsar. Llegados aquí es evidente que su finalidad está completamente dentro de él mismo, es simplemente su supervivencia, mientras que el objetivo de invertir en el sistema productivo y crear así “riqueza” se ha vuelto secundario, o incluso un pretexto.

Pero la tautología crediticia y financiera deriva a su vez de la tautología comercial y productiva que hay debajo […] Durante siglos y milenios, hasta el “capitalismo comercial” incluido, es decir antes de la Revolución Industrial, los hombres han intercambiado bienes que tenían por otros que no poseían. Era una cosa razonable, decente. Hoy en cambio los italianos producimos automóviles y los vendemos, por ejemplo, en Alemania que produce y nos vende automóviles. Compramos botones en Japón y Japón compra nuestros botones. Los expertos los llaman intercambios  intrasectoriales y, a nivel internacional, representan ya la mayor parte de la producción y del tráfico comercial. Todo ello no tendría sentido si la finalidad de la actividad industrial y comercial fuese el de producir y vender cosas útiles a quien no las tiene. Pero es que a partir de un cierto momento la finalidad ha cambiado: obtener valor de intercambio, esto es dinero. Y el dinero por íntima necesidad debe crecer indefinidamente. Por tanto, así como el mecanismo financiero necesita simular una producción que no existe en realidad (pues no hace mas que producir dinero adicional) y de hinchar continuamente también la simulación, el mecanismo industrial debe producir para seguir produciendo. La producción industrial es como una monstruosa bicicleta, obligada a correr cada vez más rápido para mantener el equilibrio; no sólo no puede perder velocidad sino que debe aumentarla, está condenada a crecer siempre para no aflojarse sobre sí misma. Aquí también la finalidad está totalmente al interno del mecanismo.

Para sostener el propio crecimiento ad infinitum, esencial para su supervivencia, el industrialismo monetatio ha elaborado, además del intercambio intrasectorial, algunos métodos ya comprobados que no son útiles para el hombre, al contrario no pocas veces le perjudican, pero son perfectamente funcionales al mecanismo que se ha erigido a sí mismo en finalidad.

Una es la llamada obsolescencia programada del producto. En el pasado se producían bienes lo más resistentes posible, con la técnica de la época, destinados a durar en el tiempo […] Hoy, no obstante se posea una tecnología capaz de forjar materiales casi indestructibles, los productos de uso común tienen ina resistencia y una existencia muy breves. Ello se decide desde el principio. […]

Otro metodo es el de introducir en los bienes ya existentes continuas variaciones técnicas, casi siempre superfluas si no es que los empeoran. El Quinientos fue retirado del mercado porque estaba hecho demasiado bien y duraba demasiado.

Un tercer sistema es crear nuevas necesidades, que se satisfacen con nuevos bienes. Es la demencial Ley de Say: “La oferta crea la demanda” que se hace posible, se dice, porque mientras las necesidades primarias son limitadas, y más allá de un cierto punto llega la saciedad, los voluptuosas son en cambio ilimitadas. En realidad se trata de necesidades heterodirectas, drogadas, a las cuales el hombre contemporáneo, orientado o más bien desorientado por la lógica del dinero, es educado y también obligado.

[…]

Hemos visto ya que en cuanto consumidor el individuo debe necesariamente digerir el excedente que pone en circulación como productor […] El mecanismo empuja el individuo en cuanto consumidor a conseguir cuanto más dinero pueda, y en cuanto productor a producir la mayor cantidad de bienes y servicios para conseguir más dinero. Entonces el dinero se vuelve la finalidad y la producción solamente es el medio para conseguirlo. La finalidad ya no es la satisfacción de una necesidad sino el acaparamiento del dinero por el dinero.

Pero también el gran productor, el empresario, el financiero, el que maneja el dinero profesionalmente, que por la misma cantidad que posee podría recibir con ello la libertad, está atrapado en una trampa análoga […] La actividad del empresario desemboca en un hacer por el hacer, en una acumulación que no encuentra otra razón fuera de sí misma […]

No se escapa al mecanismo de la coacción repetitiva. También porque se encuentra con un  elemento de la psicología humana que, aunque en el pasado combatido de varias maneras, está sin duda presente en nosotros: la pulsión adquisitiva. La posesión llama a la posesión y la facilita. Ya el Eclesiastés afirmaba “Quien ama el dinero no se sacia nunca de dinero” […] y Von Mises escribe: “Cualquiera que sea la cantidad que un hombre pueda haber ganado, representa una fracción de lo que su ambición lo inducía a conquistar. Ante sus ojos siempre hay gente que ha triunfado donde él ha fracasado…Tal es la actitud del vagabundo hacia el hombre con un trabajo regular, del obrero respecto al capataz, del dirigente hacia el vicepresidente, del hombre que vale trescientos mil dólares hacia el millonario.”

Así, en virtud de la combinación de un elemento objetivo, el dinero, con uno subjetivo, la pulsión adquisitiva, que se potencian recíprocamente en su tendencia al infinito, nos hemos creado la perfecta maquinaria de la infelicidad. Porque con un proceso bien conocido en psiquiatría, el umbral de satisfacción se eleva más y más, siendo de hecho inalcanzable. Subido un escalón hay siempre otro delante. Como en el canódromo los galgos, entre las bestias más estúpidas de la creación, persiguen inútilmente la liebre falsa que escapa tres metros delante de sus hocicos empujada por un mecanismo, así nosotros corremos sin resuello hacia una meta que por definición no podemos alcanzar.

[…]

Si desde el punto de vista individual es un crédito el dinero, desde el del sistema considerado globalmente, el dinero, metáfora de la modernidad, es una deuda colosal que hemos acumulado hacia el futuro. Es gracias a esta deuda que hemos podido anticipar, intensificar y aumentar al máximo la producción y los consumos dilapidando en un tiempo rapidisísimo recursos naturales inmensos. Hemos vampirizado e hipotecado el futuro como si fuese algo real, concreto, un bien inmueble de nuestra propiedad.

El saqueo en relación al futuro ha asumido poco a poco ritmos cada vez más precipitados, porque la velocidad está implícita en el mecanismo del dinero y porque, siendo una ilusión, para seguir existiendo, el dinero tiene necesidad, como en el esquema piramidal, de conquistar nuevos entusiastas, de reforzar la fe de los creyentes y de convertir, por las buenas o por las malas, a los infieles.

[…] Pero en esta estratosférica ascensión del dinero están también las premisas de su fin. Como había intuido Werner Sombart hace casi un siglo, es precisamente “el impulso hacia el infinito, lo ilimitado de sus metas, la fuerza que va más allá de cualquier medida orgánica” lo que lleva el dinero, y el sistema construido sobre él, a la autodestrucción.

La velocidad del proceso, cortocircuitando, hará aparecer evidente, como sucedió con el sistema de John Law, que el dinero es una ilusion que recae sobre sí misma, que no encuentra ninguna garantía fuera de sí misma, esto es en la nada. […]

En efecto, aunque el futuro no fuese un tiempo inexistente, no durará eternamente, y aún menos durará el dinero. El hecho de que necesariamente haya un final para el dinero es, según Mahieu, “la razón por la cual existe y existirá siempre la inflación, y el dinero perderá siempre, en media, valor en el tiempo; la inflación no es otra cosa que el valor del dinero descontado en el día del Juicio Final”.

[…]

El día en que el colosal volumen de dinero en circulación, o una parte consistente de éste, se presente para ser convertido en bienes, servicios y trabajo que ya hace tiempo no representa –quizás no lo hizo nunca- el sistema colapsará. Esto sucederá cuando ya no se sostengan las condiciones que lo mantienen y caiga la ilusión de que el dinero es un valor en sí mismo, en vez de una simulación. […] El día en que, de repente, los hombres decidieran creer de verdad que el dinero es una cosa real e intentasen convertir en bienes todos sus depósitos, sus créditos, sus obligaciones, sus acciones, sus títulos, sus futures y la misma calderilla que tienen en los bolsillos, se darían cuenta de lo que inconscientemente temen y, quizás, ya saben, pero como avestruces se esconden a sí mismos: que el dinero no existe.

De cualquier manera el día del Big Bang no está lejano. El dinero, en su esencia íntima, es futuro, representación del futuro, apuesta sobre el futuro, simulación del futuro para uso del presente. Si el futuro no es eterno sino que tiene un horizonte finito, nosotros, a la velocidad a la que vamos, precisamente a causa del dinero, lo estamos acortando vertiginosamente. Estamos corriendo sin resuello hacia nuestra muerte, como especie. Si el futuro es infinito e ilimitado lo hemos hipotecado hasta regiones temporales tan sideralmente lejanas que lo hemos convertido en inexistente. La impresión en efecto, es que no importa lo rápido que se avance, es más a causa de ellos, este futuro orgiástico retrocede constantemente ante nosotros. O quizás en un movimiento circular, Nietzschiano, Einsteiniano, propio del dinero, nos está alcanzando por la espalda grávido de la inmensa deuda con que lo hemos cargado. Si en fin, como piensa el autor de estas líneas, el futuro es un tiempo inexistente, un parto de nuestra mente, como lo es el dinero, entonces lo hemos apostado todo en algo que no existe, sobre nada, sobre la Nada.

En cualquier caso este futuro, sea real o imaginario, dilatado hasta dimensiones monstruosas por nuestra fantasía y nuestra locura, un día nos caerá encima como un dramático presente. Ese día el dinero ya no existirá. Porque no tendremos ya futuro, ni siquiera imaginado. Lo habremos devorado.

sábado, 16 de febrero de 2013

DINERO (8): Enemigo del hombre



[En este fragmento de uno de los últimos capítulos Fini hace notar cómo la lógica del dinero es no sólo extraña al ser humano, sino enemiga de él y profundamente antisocial] 
 



Massimo Fini 

Este dominio aplastante del dinero ha matado a los dos principios que eran el orgullo de la sociedad liberal surgida de la Revolución Industrial: la primacía de la política y la democracia. Sobre el primero a estas alturas ya hay una tranquila resignación […] la economía y el dinero, que es su dueño, han desbancado a la política.



En cuanto a la democracia, el dinero, que tiene una tendencia congénita a considerar las instituciones construidas por los hombres como obstáculos a su estrepitoso dinamismo, la ha vaciado de cualquier contenido. Diligentes como niños vamos de vez en cuando a sacrificar en el rito electoral y votamos a nuestros representantes, nuestros parlamentarios, nuestros gobiernos, nuestros presidentes o semipresidentes, pero las decisiones que determinan nuestra vida se realizan en lugares lejanísimos, totalmente fuera de nuestro control y a menudo, cada vez más a menudo, no se trata de decisiones de hombres u organizaciones identificables, sino de automatismos, a veces devastantes como terremotos, de un gigantesco y átono mecanismo del que somos sólo inconscientes engranajes minúsculos como motas de polvo.



Se objeta sin embargo que el mercado tiene un carácter democrático: “el mercado vota todos los días”. Es cierto. Pero precisamente ésta es la cuestión. Nadie ha votado a los que actúan en el mercado y menos aún el irresistible y determinista movimiento del cual ellos a su vez dependen. […]



Los gobernantes dependen del dinero. Son los sacerdotes de un nuevo dios. Pero mientras que el viejo dios, o al menos así lo piensan muchos, amaba a los hombres, al nuevo ni se le pasa por la cabeza. Se ama sólo a sí mismo. Y sigue sus lógicas, indiferentes a los intereses del hombre, es mas cada vez más lejanas, divergentes o incluso opuestas. El dinero será “la lógica de la materia” como dice Hegel o “racionalidad pura” como escribe Weber pero hay que empezar a entender que se trata de una lógica y una racionalidad que se han vuelto nuestras enemigas.



Como símbolo de esta escisión entre el dinero y las necesidades del hombre se puede tomar el “viernes negro” de Wall Street del 8 de marzo del ’96. Aquel día la Bolsa de Nueva York se hundió, arrastrando detrás las europeas, tras la noticia de que en el mes de febrero se habían creado 705.000 nuevos puestos de trabajo. Pocos años antes el índice Dow Jones subió como la espuma por un anuncio de signo opuesto: la Xerox despedía a decenas de miles de trabajadores. […] Estos episodios recientes tienen infinitos precedentes que indican cómo las exigencias del dinero y las del hombre no son nunca las mismas.



Uno de los primeros en darse cuenta fue, como siempre, Sismondi, que a propósito de ciertas carestías que afligieron Europa en el siglo XVIII, escribía: “En períodos tan dolorosos como estos se ha repetido mil veces que lo que faltaba no era el grano ni los alimentos, sino el dinero. En efecto vastos graneros permanecían llenos hasta la siguiente cosecha; las reservas, repartidas proporcionalmente entre todos los individuos, habrían bastado casi siempre para nutrir a la población. Pero los pobres, no teniendo dinero que dar a cambio, no podían adquirirlo. No podían recibir dinero a cambio de su trabajo o no podían recibir lo suficiente para vivir. Faltaba el dinero mientras la riqueza natural era sobreabundante.”. En realidad, como apunta después Sismondi, durante aquellas carestías no faltaba el alimento, pero tampoco faltaba el dinero, puesto que la moneda “no había disminuido para nada en Europa, al contrario incluso su cantidad había aumentado en muchos lugares donde la necesidad era más acuciante”. Era precisamente el dinero lo que impedía que los víveres llegasen a quien padecía hambre porque, exactamente como sucede hoy en el Sahel y otras zonas desastradas del Tercer Mundo, los alimentos no van donde hay necesidad de ellos sino donde está el dinero que los puede comprar al mejor precio.



La carestía que asoló Francia en 1816 y 1817 provocó la muerte por hambre de casi 100.000 personas, despidos en masa, la rebaja de los salarios y graves perjuicios a la industria. Hubo un solo beneficiario, el Banco de Francia, que en los años de la catástrofe realizó beneficios superiores en un 60% a los obtenidos en el 1814 y 1815, antes de la carestía. Y el colapso de Weimar destruyó los ahorros de tres cuartos de la población alemana, pero no dañó a la Reichsbank y a los bancos ordinarios que, al contrario, salieron de ello más pujantes que nunca. […]



Actualmente una de las señales más evidentes de la disociacion entre los intereses del dinero y los del hombre la da el desempleo. […] Mientras aumenta el desempleo el dinero y la productividad crecen. Escribe Jeremy Rifkin: “No pasa un día sin que alguna multinacional declare que se ha vuelto más competitiva a nivel global y sus beneficios están en constante aumento, anunciando al mismo tiempo despidos en masa”.



La riqueza aumenta, la población se empobrece. Hay algo que no cuadra. O que cuadra demasiado bien. En el origen de esta paradoja aparente hay una paradoja real: el dinero. O para ser más precisos la separación que el dinero ha introducido entre sí mismo y los intereses de aquellos a los que debía servir. El dinero se ha marchado por su cuenta tranquilamente pero llevándose detrás al hombre como un pez enganchado al anzuelo.

sábado, 9 de febrero de 2013

DINERO (7): La mercancía-trabajo, la prostitución, la tierra




HÉRCULES Y ANTEO

Massimo Fini



En los siglos precedentes a la Revolución Industrial, cuando la economía monetaria aún era secundaria y no modelaba las relaciones humanas, había una subordinación personal del trabajador a su jefe, del aprendiz al maestro, del empleado al propietario de la tienda, del campesino al feudatario, que implicaba toda la individualidad de uno y otro. En la época moderna en cambio, con el dinero se adquiere un servicio preciso del trabajador, que de alguna manera se separa de su persona y se objetiviza. Es la mercancía trabajo o por decirlo al modo marxista, la fuerza de trabajo. Ello, según la opinión dominante, da al trabajador mayor libertad y dignidad.



Que el trabajador, o más en general cualquier sujeto, logre con el dinero una mayor individualidad y libertad, respecto a los estrechos vínculos que caracterizaban las relaciones en la era premoderna, es verdad, aunque en realidad se trata de una individualidad y una libertad muy de superficie, más formales que sustanciales. No es verdad en cambio que tenga mayor dignidad en la relación laboral. Al contrario. En el primer caso el feudatario, el maestro, el propietario del taller o de la tienda, tiene a su servicio una persona en cuanto tal, en el segundo se compra, con el dinero, la fuerza de trabajo, que es energía humana, en cuanto mercancía, que se objetiviza, se convierte en un objeto. El feudatario toma un hombre en cuanto hombre, el empresario en cuanto objeto. Es verdad que el trabajador, como la prostituta, concede sólo una parte de sí mismo, dejando fuera de la relación el resto de su persona, pero exactamente como la prostituta, se vende como objeto. Y la distinción entre fuerza de trabajo, que se vende, y la personalidad, que permanece intacta, no mancillada por la relación, se revela ilusoria.



La personalidad del trabajador, de todos modos, se implica en la relación laboral y se objetiviza, como la de la prostituta se implica en la relación mercenaria. No por nada de una mujer que se prostituye se dice que “vende la propia dignidad” aunque materialmente, aparentemente, vende sólo su cuerpo (que en este caso es su mercancía trabajo). Sea en la economía feudal, natural, que en la monetaria es por tanto la entera persona del trabajador a estar subordinada, pero en el primer caso como sujeto, en el segundo como objeto.



Por lo demás los vínculos entre dinero y prostitución son estrechísimos. Escribe Simmel que “En la esencia del dinero se percibe algo de la esencia de la prostitución. La indiferencia con que se presta a cualquier uso, la infidelidad con que se separa de cualquier sujeto, porque no está verdaderamente ligado a ninguno, el carácter de objeto, que excluye cualquier relación afectiva y lo hace apto para ser un puro medio, todo ello determina una analogía fatal entre dinero y prostitución”. Añadamos que la transacción en dinero tiene ese carácter de relación totalmente momentánea que es típico de la prostitución. Una vez que he pagado y obtenido la mercancía que me interesa yo no tengo ninguna obligación de relacionarme con quien me la ha vendido. El dinero corta del modo más neto y radical cualquier ulterior consecuencia de la relación, mientras que si una prestación se remunera con un objeto específico, éste conserva, porque ha sido elegido, por su contenido, por el uso que se ha hecho de él, por su historia (que el dinero no tiene y no puede tener) algo de la personalidad de quien paga con él. La prestación en natura, el trueque, crea siempre una relación más personal, más cordial, menos fría y más humana […]



La capacidad de prostituir todo, de objetivizar todo, de convertir en mercancía también la persona o partes de ella, le viene al dinero del hecho de ser una entidad privada de especificidad y de cualquier cualidad que no sea la cantidad, y por tanto iguala, nivela, homologa, vuelve todas las cosas indistintas unas de otras […] El dinero tiene la capacidad de reducir los valores más altos y mas bajos a una sola forma de valor, la suya. Y es porque el dinero vuelve homólogos e indistintos bienes inconmensurables entre sí, por lo que se puede pensar en adquirir y es posible adquirir lo inadquirible. Si hoy se comercia con los órganos de los niños brasileños, narcotizados y operados, para venderlos a los ricos americanos, no es sólo porque la técnica moderna lo permite sino también porque la forma-dinero lo facilita, práctica y conceptualmente.



En el momento en que el dinero objetiviza las relaciones nos libera –así se dice- de esos vínculos personales que son propios de una economía no monetaria. Se podría objetar que hoy en día para la satisfacción de nuestras necesidades dependemos de un número de personas mucho mayor que en el pasado. En el fondo, el hombre preindustrial, tendencialmente autosuficiente, estaba ligado -de manera muy estrecha, eso sí- a un círculo limitado de personas. El actual, a causa de la exasperada especializacion y división del trabajo (que hace necesario el dinero y el dinero a su vez favorece) depende de una gran cantidad de sujetos: productores, proveedores, vendedores, intermediarios, de los que no puede prescindir absolutamente. Abandonado a sí mismo moriría […]



Si no dependemos ya de vínculos personales dependemos sin embargo de un mecanismo: el proceso de producción, de venta y de consumo del que el dinero es la imprescindible bisagra. Hasta qué punto estamos en sus manos se ve bien desde el lado quizás menos aparente: el del consumidor. E un sistema como el nuestro parecería que el trabajo es obligatorio pero el consumo es libre. Pero las cosas no están exactamente así. Nosotros ciertamente estamos obligados a trabajar a un ritmo desconocido para las sociedades que se contentaban con la subsistencia, para producir en exceso, pero estamos igualmente obligados a consumir lo que hemos producido. Es más, puesto que para la mayoría la parte activa en la producción tiende a ser eliminada, sustituida por los automatismos y las máquinas, nuestro verdadero papel, en la economía actual, es el de consumidores […] Considerado el conjunto nosotros consumimos no porque queramos sino porque debemos consumir para mantener el mecanismo productivo que necesita niveles cada vez más altos (los crecimientos exponenciales) para no colapsar sobre sí mismo. Estamos al servicio de un sistema del que somos los terminales pasivos. Hemos caído desde la condición de poseedores a la de, precisamente, consumidores, fregaderos, tubos digestivos, inodoros, a través de los cuales debe pasar el incesante flujo de las mercancías.



Somos pollos en batería adiestrados para atracarse y nutrir a un Moloch contra el que carecemos de defensa. En efecto, en las manos no tenemos más que dinero, cuya función natural es la de ser intercambiado con otros objetos.



Pero no se trata sólo de una cuestión técnica. El dinero actúa sobre nosotros de manera más sutil. Con su flexibilidad, su ductilidad, su dinamismo, su indeterminación, su falta de características específicas y de un objetivo propio, con su ausencia interna de una dirección, el dinero opera una mímesis. Como el perro termina pareciendose a su amo, asumiendo sus tics y fisionomía, así el hombre de hoy es como su dinero: frenético y vacío. El dinero, siendo abierto en todas direcciones, disponible para todo, no ofrece ninguna orientación, ninguna guía. El hombre es libre pero no sabe para qué […] Saco vacío de contenidos, como su dinero, el hombre se rellena con ídolos: objetos, sensaciones del día a día, estimulaciones drogadas, juegos para grandes de todo tipo que, precisamente porque son transitorios como el medio que los compra, deben ser rápidamente sustituidos, en una caza insensata a la novedad que es del todo funcional al mecanismo obsesivo del dinero.



Rodeado de un mundo de objetos que cambian continuamente, porque su interés es débil y forzado, como su necesidad, el hombre moderno se aleja de su centro, de su núcleo constitutivo; es un extranjero a sí mismo, pierde en palabras de Simmel “los contenidos de la vida”, sean positivos o negativos, sacrificados a la abstraccion del dinero.



En esta pérdida, de contenidos, de puntos de referencia, de orientación y, en definitiva, de sentido, juega un papel decisivo la tierra. Hoy la gran mayoría de los hombres que viven en los países industrializados no posee un solo centímetro de tierra que sea realmente suyo. Lentamente, subrepticiamente, nos han quitado la tierra y nos han dado en cambio dinero. Pero la tierra está llena, el dinero está vacío. La tierra está quieta, el dinero es móvil. La tierra tiene un contenido, el dinero no. En la tierra, en sus ritmos, en sus ciclos, en los conocimientos prácticos que exige, el hombre encontraba, como escribe Huizinga, “el esquema con el que medir la vida y el mundo”. El dinero no ofrece otro criterio de juicio que la cantidad.



Pero en el paso de la tierra al dinero hay algo aún más profundo. No hemos perdido solamente la posesión sino también el contacto con la tierra. Vivimos en apartamentos suspendidos a diez, a veinte, a treinta metros del suelo, como los muertos en sus nichos. En las ciudades y sus enormes alrededores el asfalto nos separa de la tierra, en los campos los recintos y las defensas de la propiedad privada nos mantienen a distancia; incluso las playas de arena están totalmente ocupadas y podemos acceder solamente pagando, y lo que un tiempo era territorio de la colectividad, abierto al uso de todos, hoy pertenece al Estado que en la práctica expulsa al ciudadano.



Esta falta de contacto con la tierra quizás no haya sido aún valorada plenamente en sus consecuencias. Entre los mitos griegos, que no son nunca casuales, sino que representan la síntesis simbólica de la sabiduría antigua, está el de Anteo, un gigante que se regeneraba y recuperaba las fuerzas cuando tocaba la tierra. Por esto Hércules debió sudar lo suyo para vencerle, porque cada vez que era abatido y tocaba el suelo Anteo se levantaba más fuerte que antes. Entonces Hércules lo suspendió en el aire entre sus brazos y así, fácilmente, lo aplastó. Aunque era un gigante, Anteo, a diferencia de Hércules era un hombre, hijo como todos nosotros de la Madre Tierra. Como Anteo, también el hombre tiene necesidad de la tierra, de su contacto, en ella y con ella se regenera, se recupera, reconstruye las propias energías físicas, psicológicas y morales. La tierra es esencial para su equilibrio emotivo, sentimental, afectivo, para su armonía general.



Expropiados de la tierra, privados de su contacto, de su concretitud, nosotros, como Anteo entre los brazos de Hércules, estamos a la merced de un dios abstracto, el Dinero, que una vez arrancado el hombre de sus raíces lo tiene facil para vampirizar una presa que cada vez se ha vuelto más débil y anémica, caracterialmente e intelectualmente; hasta el punto de que no se da ni siquiera cuenta de lo que le sucede, es más introduce la cabeza cada vez más en las fauces obtusas que la están devorando.

domingo, 3 de febrero de 2013

DINERO (6): La ética del dinero





[En este mes de Febrero terminamos ya con el "ciclo del dinero"  publicando los últimos extractos del libro de Massimo Fini. El texto de esta semana trata de la decadencia ética que el dominio del dinero trae consigo]


Massimo Fini


La desenvoltura moral del empresario moderno, figura central en la economía monetaria, ha roto definitivamente cualquier  barrera desde el momento en que no arriesga ya su propio dinero sino el de los demás. El mercante y también el capitalista en los primeros siglos del industrialismo invertía casi exclusivamente capital suyo y de su familia. El recurso sistemático al crédito estaba considerado asunto de “gente deshonesta”, para aventureros que estaban fuera del ambiente de la “gente bien”. Incluso en pleno siglo XX Henry Ford se negó durante mucho tiempo a recurrir al crédito bancario obstinándose en financiar sus inversiones con capital propio […] Pero eran los últimos coletazos de un capitalismo ya superado y destinado a ser arrollado. El desarrollo de las empresas y la necesidad de inversiones colosales, proyectadas hacia un futuro cada vez más lejano, hacen indispensable, además de mucho más cómodo y ventajoso, el recurso al crédito.



Los empresarios, sobre todo los grandes, no tienen más que cuotas mínimas de las empresas de las que son titulares. A menudo, además, al mando no está el accionista principal sino el manager. Y cuando se maniobra con dinero de otros la falta de escrúpulos, en todas las direcciones, se ve muy facilitada. Porque no se tiene nada que perder, ni en términos de dinero ni de credibilidad, cuando las consecuencias de operaciones demasiado atrevidas recaen en un organismo impersonal como la Empresa o sobre anónimos accionistas. Era muy diferente, también en el respeto y en una mínima ética profesional, cuando el empresario arriesgaba su propio dinero y credibilidad.



Cuando se han convertido en inservibles, para fines económicos, los viejos valores de la honestidad, la sinceridad, la moderación y el sentido de la medida, tan queridos por Benjamin Franklin, se sustituyen por otro de un tipo muy distinto: la Imagen. Es lo que los antiguos llamaban Prestigio y que, entendido como posición social del individuo en el seno del grupo, ha sido siempre uno de los intereses primarios del hombre. Pero en otro tiempo estaba determinado por características que no tenían nada que ver con la esfera económica. La fuerza física, el honor, la dignidad, la generosidad, la sabiduría, la pertenencia a un cierto grupo. La riqueza era si acaso una consecuencia de ello. Tanto era así que se podía tener prestigio sin ser rico, como sucedía con los nobles venidos a menos en el ancien règime que incluso reducidos a la miseria seguian perteneciendo a una casta superior y no habrían renunciado a su estatus ni siquiera, como significativamente se dice, “por todo el oro del mundo”, prefiriendo pasar hambre antes que ser degradados […]



En la sociedad moderna se tiene prestigio si se es rico y el resto viene después: el honor, la dignidad, la respetabilidad, la posición social […] Se asiste por tanto a una desesperada caza al binomio dinero-prestigio de parte de quien, en una sociedad como la nuestra, no teniendo uno carece también del otro. Su posición es particolarmente intolerable porque le faltan los dos elementos que hoy proporcionan una identidad social. En la comunidad tribal y en la aldea, en Europa hasta hace pocos siglos, cada individuo por pobre que fuese tenía un lugar bien definido y una precisa identidad, por tanto un cierto prestigio, como mínimo el prestigio del grupo que se reflejaba sobre el sujeto, que tenía el orgullo de pertenecer a aquél. Hoy en cambio si la ética protestante ha caído en desuso, en la parte que imponía a  los ricos y a quienes aspiraban a serlo ciertas reglas de comportamiento, permanece válida en su parte opuesta: los pobres son tales por su culpa, son ineptos. Perdido el papel, la identidad, el sentido de pertenencia, desaparecida y despreciada la “ética de la pobreza con dignidad” en la sociedad masificada quien no tiene dinero no tiene identidad, no es nada.



[…] Para nosotros hoy lo proncipal es el dinero, que sobre todo es, por definición, medida del valor, por lo que es natural que la tendencia sea medir con él tambien al hombre. Hoy el valor de una persona se expresa en dinero […] puede ser ganado por cualquiera y de cualquier manera, lícita o ilícita, practicando las actividades más fútiles y cretinas, porque el dinero sigue su lógica, la del mercado, que no necesariamente tiene que ver con el estilo, el buen gusto, la cultura, la sensibilidad de ánimo o la inteligencia.


Al contrario, por cómo están las cosas [esta lógica] casi siempre está muy lejana de esas cualidades pues el mercado, para ser remunerativo, debe alcanzar cuantos más sujetos se pueda y por tanto rebajar al máximo la calidad de los productos y la de los productores. Ello da a las actuales élites, es decir a la aristocracia del dinero que es la verdadera nobleza de nuestro siglo, la que generalmente pasa con el insolente nombre de jet set (donde conviven, confundidos y homologados en el dinero, el gran empressario, el financiero sin escrúpulos, el estafador de alto nivel, la pop star, el futbolista, el presentador televisivo, la show girl, la gran mundana, la top model, el trepa que ha alcanzado el éxito) un inconfundible rasgo de vulgaridad.



En cuanto número y cálculo el dinero es un obstaculo al impulso, al instinto, a la inmediatez, a la espontaneidad. La falta de generosidad, de solidaridad, de empuje que caracteriza el tiempo presente hay que achacarla también a ese exceso de racionalización que viene con el dinero. La avaricia nace con el dinero, con la posibilidad de conservarlo y de usarlo después, algo mucho más problemático con las mercancías, sobre todo con los productos de la naturaleza […] en una economía monetaria se piensa dos veces antes de donar porque el dinero que no necesitamos hoy nos hará falta mañana. Y esta avaricia material termina convirtiéndose en una avaricia moral, una incapacidad de donarse a los demás.



Que el impulso, positivo o negativo, esté hoy sofocado por el cálculo lo demuestra también la evolución de la criminalidad, en la prevalencia de los delitos relacionados con el dinero sobre los delitos de sangre. Los homicidios, y sobre todo las lesiones personales o los golpes tienen móviles que vienen del instinto (celos, ira, odio, pasionalidad, agresividad natural), mientras que en los delitos económicos predomina el cálculo […] El ciudadano, el burgués, el que tiene dinero no se mancha, normalmente, las manos de sangre, no por su virtud sino porque sus impulsos vitales están debilitados, le falta la energía y la vitalidad para hacerlo. En el campo del crimen sus delitos tienen necesidad de la mediación del dinero para poner una distancia, de servirse de su energía indirecta con la cual es capaz de corromper, ensuciar, contaminar, mancillar, enturbiar, pero no de realizar actos cruentos que exijan una implicación profunda y hagan correr un riesgo físico.



El dinero está también en la base del individualismo, que es uno de los rasgos distintivos de la sociedad moderna, porque parcela, atomiza, divide, separa de los demás. Por una parte en efecto el dinero, en su abstracción y falta de un contenido propio, en su cualidad de saco vacío hecho para ser llenado, me pone o puede ponerme, en contacto con todos los sujetos que participan en la economía monetaria –hoy en la práctica todo el planeta-. Por otra parte me aísla porque interpone entre yo y el otro una barrera, una distancia. El dinero despersonaliza todas las relaciones donde actúa como intermediario y el contacto humano se enfría, si es que no se elimina del todo.